20 feb. 2012

llanto del farero Juan Silencio

Llanto del farero Juan Silencio

dedicado con afecto a Carmen R.,
quien me ha enseñado lo que no deseamos aprender si no es tras aplicarse mucho:
que todo, no se puede.
;)



Yo soy dueño de mi vida,
y para eso hago mis cuentas, hago mis labores, cuido mi piel, y lavo mis manchas. 
O eso creo. O eso creemos y dormimos como niños.

Un día o una noche, cuando nada coincide con el tiempo que hace ese día, 
cuando nada hay que lo decida, encuentras tu equivocación, 
con esa frialdad que muestra algunos días la vida.

Una persona cae: tú en ese páramo lo ves, no te llama nadie a verlo,
pero ese tiempo debías estar ahí, y verlo, olerlo, escucharlo, probar el sabor, digerirlo,
y al final del suceso vomitarlo.

Ya estoy viendo que no tenemos la llave de nada, no existe en nuestro mundo interior. 
No hay puerta ni aldabón que llame a nadie, ni avise, ni alerte. 
A veces una persona tiene el corazón ciego, porque otra también lo tiene, pero no sabe que de ello es esclava. 
Y dice madre, cuando debiera decir señora,
o dice hija, cuando debiera decir esclava.
¿Y quién más que yo lo dirá, si nadie lo quiere, y está prohibido?: 
solo cuentos de hadas, solo bellas palabras, solo historias envidiables.

Si no deseas saberlo, entenderlo así, 
puedes buscar una mesa y una silla, papel y lápiz, sombra y luz,
imaginar y dibujar la llave y su cerradura pintarla y comprobar que será útil.
¡Y cuando acabes seguirás sin tenerla! Ni puerta, ni cerradura, ni aldabón, ni voz para la alerta.
¡Esto sería como ver el patrón mirando hacia altamar,
y su barco ya cayendo a las tripas del Maëlstrom!
Y llorando, solo verle desde tu faro. Tú no tienes faro.

¡No mires con terquedad al incendio!
¡No levantes el cubo de agua!
¡No cortes rama, ni grande ni pequeña, no viertas arena en la llama!
Si el fuego lo desea, el bosque será su alimento hoy, y de nuevo mañana,
y habrás acudido al festín de un calor excitado, que dejará ver las cenizas ahí donde vivía el bosque.
No tienes agua, no tienes hacha. 
Si el fuego quiere, no tienes nada.
Dolor de farero.

Eso es ser valiente: limpiarse los ojos, aceptando sin rechistar cuanto veas,
oír, oír y guardar silencio, mientras alguien caiga,
sin interrumpir, respetar que nada es tuyo, ni suyo, 
ni siquiera la oportunidad de avisar al que cae.
Eso es ser valiente, valiente con nada en tus manos: 
saber asistir a la la llegada de una fuerza cualquiera que se lo lleve todo, 
que abate a un ser, tan grácilmente como cae un barco en la nada o como pierde toda su piel al árbol alto.
Tú ¡nunca eres dueño de la suerte!: 
un año aprenderás que alguien cae porque la vida lo impone;
otro año aprendes que alguien cae y desaparece en silencio. 
Otro año no sabes qué, pero podrás ver caer otro árbol.
En tu invisible estómago, en tu garganta, y en todo lo que rodea a tus ojos, 
se puede agolpar todo el ácido del mundo: al llorar sabrás su gusto. 
Tu llanto tienes, pero no tienes más. 
Sabes, y comprendes, y aceptas, y admites y cumples, 
y algo reniegas pero todo esto a la vez lo haces, sabiendo que nada eres ante ello.

El amor, la pérdida, el olvido, son compañeros posibles. Los comprendes, los aceptas. 
Pero ser espectador de piedra es llorar en seco, es perder aliento, y gana, y fuerza.
Es vértigo,
y es un vómito inhumano,
es la cueva más negra y más grande y silenciosa que puedas haber encontrado. 
Nadie habita en ella.

Así son tus manos de feas cuando nada tienes, como siempre, pero debes verlo. 
Así es la vida: imparcial. 
Así es la voz: muda en el incendio. Poco importa quien caiga, sea quien veas caer, seas tú quien caigas.

No tengo la palabra en mi boca que me aliente, o que me serene. 
Necesito... ¿qué necesito? Necesito una costa larga y oscura. 
Quiero que sea rocosa e intransitable. Podría ser una costa escocesa, o finlandesa, fría, fría. 
Y con acantilados enormes, acercarme de noche cuando todos duermen, 
cuando nada se oye, y nada queda. 
Que sea una noche ciega, una noche que nadie conozca, una noche estricta: sin estrellas, sin alma.
Respirar, respirar mucho y fuerte, que sea fuerte: llenar uno y otro pulmón de frío y helado aire, 
con sal y tierra, mezclando con furia el dolor interno, y la medicina marina. 
Coger aliento y ese aire frío, tan adentro como pueda cerrando los puños, 
arrodillándome frente a la sal y la marea...
Y echarme a llorar en ese vital momento, en ese preciso momento sin haber soltado
ni un suspiro, 
sin alejar el dolor, derramándolo muy, muy cerca, 
en las piernas, en el pecho, en las manos,
por toda la piel, por toda la cara, por los resquicios que queden abiertos, 
crujiendo la rabia, pisando con los dedos la hierba. 

Y estúpidamente maldecir la vida, y también estúpidamente difamarla, 
convertir lo bello en feo,
echarle en cara en silencio tu impotencia, 
querer romper lo irrompible, 
y buscar cuántas horas hacen falta y hasta dónde arrastrarte en tierra, hasta lograrlo: 
hasta agotar el fuelle, hasta vaciar el sucio caldo del llanto. 
Para no olvidar dónde y porqué lloras.
Nada ni nadie podrá pedirme que me levante: me levantaré cuando la vida así lo indique, 
y así lo hable. 
Somos un tono, un timbre, el Si de alguna melodía que no habíamos entendido. 
Y no podemos ni evitarlo, ni romper la cuerda, debemos sonar toda la vida.

2 comentarios:

Hipatia dijo...

Soy farera y muevo un espíritu farero. Y, sí, a veces vi resbalar -precipitarse al vacío- desde la torre del faro algunas lágrimas envueltas en luz. Pero sólo alguna vez. El resto del tiempo, el faro era luz, sólo eso, y, también, compañía.

Precioso, Fer. Muchas gracias.
Beso desde la Enter.

fer a dijo...

Saludos, Hipatía.