28 ene. 2012

a la luz del Sol


Hoy he añadido una coleta al pelo del blog: ¿Y como vivir mejor que a la luz del Sol? Pues sí.

    Llevaba un larguísimo período de tiempo en el filo de cortarle las alas a este blog, y dejar que se estrellase en tierra, pero mejor es obligarle a aterrizar. Después habrá tiempo para cortarle el cuello si es preciso. Las ganas de hacerlo se deben a que no lo considero importante, porque prefiero la comunicación directa, porque no tenía ganas de escribir nada, porque tenía mucho trabajo que hacer en horas de estudio, y por más motivos menores. A todos nos ocurre alguna vez, y a mí también. Seguro que entre los motivos, sea importante o no, existía uno buscando el sitio que le corresponde, el más serio y radical (de raíz): la decisión de mandar a freír espárragos cientos de intereses sin ningún interés, y volcar solo aquello que ciertamente considero imprescindible. De momento, y al inicio de la limpieza, estoy medianamente satisfecho con la limpieza que he realizado: han desaparecido cientos de bobadas.

    La verdad acaba siendo que poco me importa si parece muy serio, o muy trascendental, o categórico cuanto desee escribir. Pero ¿qué otra cosa merece la pena decir y compartir sino lo que  de verdad se piensa y siente? Por primera vez en mi vida, deseo decir algo no por compartirlo, sino por que así lo siento. Veo pasar frente a mis ojos de forma continua, permanente, incansable, siempre la misma cantidad de tonterías, rabietas por cosas que no tienen valor, prisas y esfuerzos, enfados y soberbia por cosas que únicamente dejan vacías a las personas. Y al mismo tiempo, se quedan solas y enterradas las poquísimas cosas que realmente valen, las únicas con que nos despedimos. Y son poquísimas, todas las que tenemos el lujo de poder cultivar y conocer. No entiendo como sigo siendo un optimista, que creo en estas cosas. Cada cual podrá poner un ejemplo de estas "cosas" válidas, en este espacio              , siempre llega un momento en que las conocemos.

    Tengo una suerte que me ayuda en ello. Como me gusta escuchar y hablar, siempre hay personas que cuentan sus asuntos e intereses desde perspectivas de la vida que yo no conocía, las suyas. Resulta más importante escuchar perspectivas personales concretas, prácticas, pero individuales antes que generales y sin nombre propio. No tienen porqué ser las mejores, ni siempre acertadas, pero a veces hacen vibrar el asunto con el timbre y nota que realmente le pertenece. Tras ello uno acaba aprendiendo algo y viéndose inclinado a cambiar alguna actitud, lo cual es de agradecer. Más valioso me parece el hecho de contar y escuchar, eso sí es valioso, más si no lleva a ningún lado, pero proporciona satisfacción por poder hablar, poder expresar, y poder ser escuchado. Y es que, en cuanto alguien necesita hablar, hay afectos, hay actitudes.
   
    A veces conocemos a quien no tiene por mundo más que unas decenas de metros a su alrededor y obligaciones para con las cosas que posee: un limitado territorio o feudo es su mundo, reune sus necesidades y sus intereses: pueden ser encantadoras personas, pero su vida no suele trascender a la vida de otros. Lástima. Han completado una burbuja invisible de cristal, dentro de la cual viven seguros (o eso parece) hasta el final de sus días, cuando este toque. Otras veces, con menor frecuencia, tienes relación con personas que diariamente viven en un mundo mezclado con las vidas de otras personas: en ellas cambia el color de su territorio personal. Yo les identifico de lejos. Nunca llaman la atención, les resulta fácil atender a las cosas básicas y sencillas, están contentos (que no eufóricos) con sus propias vidas y problemas, se ríen o se enfadan siempre sin exageración, y siempre tienen trato con otras personas por el placer y bienestar que este produce en ambas partes. No les cuesta el mínimo esfuerzo hacer su vida con todos los problemas que todos podamos tener, y pocas veces les podrás encontrar con una mentira encima. O ninguna.

    Eso es vivir a la luz del Sol. Concretamente pienso en quien está a diario con personas que llevan encima una dificultad física importante, y con alguna persona discapacitada, y se expresa así: “no les ayudo, sencillamente hago lo que debería hacer todo el mundo, les respeto, no les ignoro; eso les importa más que la asistencia”.

    He estado realizando una limpieza de material mental que, o es chatarra, o no tiene sentido, o es un sinsentido, o supone algún tipo de evasiva, mentira, ambigüedad, ridiculez, contradicción o clara falta de respeto a la inteligencia de los demás, y a la propia. Y las cantidades ingentes que salen del almacén mental colectivo verdaderamente llenarían nuestros populares campos de fútbol.

    Una de las chatarras más insidiosas, plagada de garfios con los que pretende persistir agarrada al día a día y no desaparecer, es una excusa logradamente cimentada, que debiéramos perder cuanto antes por el camino: “total, todo va a seguir igual”. Esta excusa es útil para lograr el objetivo de evadir cualquier cambio en nuestra actitud. Es helador ver cómo el “total, todo va a seguir igual” salta como un resorte cuando estamos en un momento peligroso en el que debiéramos reconocer, enterarnos, aprender, decidir, y someternos voluntaria y esforzadamente a un cambio en nuestra actitud que resulta evidente, necesario, y que conduce a la solución de aquello que, un minuto antes, estábamos comentando horrorizados. Es genial: como somos millones, nos arrastra la cifra descomunal, y por lo tanto nos dejamos arrastrar por los acontecimientos que obligan, y finalmente seguimos sin cambiar de actitud, que es lo que ocultamente queríamos. Genial escapatoria. Nadie nos acusará, y a nadie acusaremos. De entre todas las chatarras y basuras mentales que aprendemos entre todos, ésta, ella solita, es una de las más eficientes en el objetivo de seguir siendo toda la vida irresponsables de absolutamente de todo cuanto sucede o tenga lugar en nuestras inmediaciones. Aquello que ocurra lejos, es, como las galaxias, materia para los astrónomos. Con esta chatarrilla, unos cuantos verbos sobran y podrían ser eliminados del diccionario de la lengua, o redefinirse su significado: denunciar, responder, defender, aclarar, comprometer...

    Pero otras categorías de chatarras mentales no se quedan cortas en sutileza, en uso comunitario estandarizado, e incluso en utilidad. Son útiles realmente, cubren y cumplen objetivos de todo tipo. Las mentiras transparentes, son una de las mejores trampas culturales que hemos logrado. Nada como ellas: sencillas, rápidas, efectivas, y aceptadas en cualquier situación: son aceptadas y reconocidas más que una tarjeta Visa o el propio dinero en metálico. ¿Qué haríamos sin ellas? Merecen un párrafo.

    Las mentiras transparentes no se ven: se sueltan, se escuchan y se aceptan. Así de fácil. ¡Es maravilloso! Retiramos algo de información en nuestras frases, nuestros interlocutores recogen solo lo dicho, voluntariamente añaden lo que intuyan o sospechen, pero nada es oficial salvo lo dicho. Y con los matices pertinentes. Qué mejor noticia que la que brinda informes rápidos y directos al asunto, nos llega por televisión, prensa y ADSL, y viene limpia, clara, diáfana, precisamente eso, transparente, sin manchas, como podrían serlo el añadir el 99% de información que también existe y ocurre, pero que no atañe directamente a nuestra cuenta corriente o nuestros intereses personales. Si es que lo somos, somos los mejores, no solo mentimos transparentemente, sino que además lo hacemos de modo que nos satisface, acabamos satisfechos del mundo que creamos, del que no somos nunca y para nada en ningún aspecto responsables. Se ven mejoradas cuando les añadimos la técnica de la sordera, añadiendo ruido a cuanto nos dicen cuando es necesario no oír, y está aceptado socialmente hacerlo. Nadie se acusará por ello (o casi, casi nadie).

    Transparente es el aire, y no se ve, y menos mal que está ahí sin verlo. Las mentirijillas y mentirijuelas transparentes son como una extensa familia que, cuando se reune, se deja oír, aunque no se vean, como el aire. Los niños son campo especialmente abonado para ello. La delicadeza, la maniobra, la suavidad con que les enseñamos a ser mentirosos, a vivir y asimilar con perfección esto, es merecedora de galardón. Los niños bien podrían ver que sus padres se quieren (y practican sexo) o no se quieren (pudiendo o no entenderse), pero nada de esto verán, ni lo uno, ni lo otro: poco nos importa el qué, pero por algún motivo que siempre habrá (“total, todo va a seguir igual”) no deben ver ni lo uno ni lo otro. Así aprenden a “no ver” lo evidente, a no oír lo que chirría, a sentirlo como malo y ocultable, a ocultarlo, y a ocultar más adelante lo que les venga por delante. Así se aprende a mentir. Y si la mentira es común, pues no es mala, es buena y con ella se demuestra “madurar”. Y cuando lo hacen siguiendo esa norma, son premiados: son discretos, han aprendido, saben comportarse, vamos: saben ya mentir y mentirse. ¿Podemos, podríamos intentar ser más estúpidos? En la vía pública, ni nos acordamos de cuántas veces practicamos la misma estrategia: nos encontramos, y si algo es ocultable por parte de alguien, apenas se percibirá cómo, pero las frases, expresiones, miradas desviadas, posturas estereotipadas y coletillas, cierran el círculo y entierran el conjunto de estúpidas mentirijillas. Esto es debido a la privacidad e intimidad frente a los demás. Nadie lo podrá evitar, pero es un reflejo muy claro de cómo estamos. ¿Y en la intimidad, porqué se repite de nuevo?

    Hay más, sí, hay más basura mental. Me sorprendió descubrir la enorme cantidad de conceptos volátiles que funcionan cono “lo último en medallas”. Somos capaces de elaborar y perfeccionar, hasta dotarlas de carácter de “sustancia destilada pura”, a algunas de nuestras invenciones hipócritas y absurdas: léase el vocablo “excelencia”. Este vocablo nombraba a quienes poseían sangre azul, después marcó a quienes representaban a los Estados Medievales o Ilustrados, y en la modernidad califica los expedientes académicos con relaciones sociales, los vinos más vendibles, las empresas con mayor autocontrol y menor espontaneidad en su funcionamiento, y las ofertas más caras. Como dispongas de algo excelente en tus manos, eres el Rey. No podemos comer unos calabacines, debemos acabar comiendo una Tempura de Glassé de Calabacín con Hojas de Bonetero Caramelizadas: o sea, comernos la “excelencia” culinaria, y así tenemos un estómago excelente tratado con excelencia. O acabar teniendo el cerebro excelente. ¿Podemos ser más ridículos y soberbios? Quizás mi ignorancia me impida encontrar el verdadero sentido al concepto: ¿necesitaré una educación excelente para entender la excelencia? ¿Qué educación será la que quede al otro lado de este Mundo: repugnante? Al tiempo que unos revisan los procedimientos industriales o comerciales por lo destructivos que resultan, otros elevan a rango de excelencia la misma vieja dinámica resumida en la máxima “complica las cosas, que venderás más”. Lo nuestro, nuestra locura colectiva, nuestra estupidez, nuestra vaguedad y falta de ejercicio mental, el exceso de grasa mental que chorrea sobrante por nuestras absurdeces, es visible desde la galaxia NM45, cerca de Ganímedes, mi patria. Los extraterrestres no se asoman a saludarnos, ni lo harán, por pánico, por puro pánico a la infección. Primera vez en mi vida que utilizo ciertas palabras tranquilo, por puro afán de expresarme lo más claramente posible.

    Deberíamos evitar el vicio de no mirar algunos cuantos miles de desprecios que hacemos a nuestras relaciones. En los contratos, se reflejan los contratantes, los motivos, los compromisos, las responsabilidades, la posible extinción, y puede incorporarse inteligentemente la acordada previsión ante posibles situaciones no deseadas pero posibles. Nuestras relaciones no comerciales difieren de ello. Algunas no tienen por base más que el lazo de sangre. Otras el cariño, el amor, la empatía, la amistad. O la tensión, la tirantez, la alerta, la competencia, la enemistad, el odio, o la envidia. Y el refranero español se ve plagado de muecas hacia ellas, siempre aconsejándonos qué no perder o qué ganar. Así que en la mente popular está más metido de lo que creíamos el balance, el balance comercial. Y creemos que, ¡claro está!, no existe otra cosa. Donde no existe otra cosa es en nosotros mismos. Solo balance y egoísmo. Ahora hablo así, y tranquilo, con total desparpajo, porque de cada cien personas que leyeran esto, sé que tres sabrían bien que existe esa mentira, llamada balance personal y egoísmo. Algunas dejaron hábito y siguieron su trabajo.

    Así ocurre, no nos queda tiempo, no tenemos tiempo, no podemos, no es el momento, ahora no, un día... ¿Todavía alguien no sabe lo que nos ocurre? Nuestras relaciones están empobrecidas, famélicas, heridas, debilitadas. ¿O no? ¿Confiamos? ¿Elegimos antes estar con otros que estar en nuestro ocio? ¿Disponemos en verdad de confianza con otros? ¿Con cuántos? Hagámonos un favor, el tema hace aguas, y con razón más que larga y demostrada. Nuestras relaciones humanas están tan diluidas, tan contaminadas, tan alteradas (eso sí, también les aplicamos a nuestro modo “conservantes” para que permanezcan mientras interesan) que no nos hacen felices.

    ¿Dónde mejor sembrar que a la luz del Sol? Aplicándolo a nuestra vida, ¿qué mejor que no disponer de nada que no se pueda mostrar al Sol?

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