23 jun. 2011

Un par de bofetadas

      Con lo bonito que es el tránsito entre primavera y verano, podría haber puesto una foto, pero no me veo en esa dirección hoy.

     De entre las muchas alegres estupideces que podemos oír, y que adquieren el carácter de "estupidez" por el hecho en sí mismo de emitirlas públicamente con carácter de suma cátedra, con el frac de los mass-media donde se habla al público para informar, una concretamente se me coló hasta lo más profundo del tímpano, golpeando hasta el punto de provocarme un cierto cabreo. Hete aquí: "Necesitamos una reflexión profunda sobre nuestra sociedad". Ahí es nada. Acabamos de empezar a vislumbrar intuitivamente que, quizás, tal vez, si no resulta muy doloroso, si hay tiempo, sería necesaria una reflexión.

     Lo que necesitamos, (recordemos el presente de indicativo: yo necesito, tú necesitas, él(la) necesita, nosotros necesitamos, vosotros necesitáis, ellos(as) necesitan) es "un par de bofetadas" (los adultos, en ningún caso los niños de los adultos). Al menos una mínima parte de la juventud tiene la cabeza bien puesta encima de sus hombros, y la mayor parte son mujeres.

    La proporción más importante del mundo tiene como preocupación prioritaria sobrevivir a la noche que llega hoy mismo, o alcanzar algo más de 30 kgs de peso, o no caer al volver del trabajo en manos de un hombre, ¿y nosotros tenemos que empezar a reflexionar? Me importa poco que ocurra lejos: ocurrió ayer, ocurre hoy... y todavía ocurrirá mañana. Disponemos realmente de 10, compramos 100, deseamos 1000, y desperdiciamos como 10000, ¿y nos vendría bien empezar a reflexionar? Creamos normas necesarias, nos escondemos tras ellas para no tener que decidir directamente, nos aplastan y entierran en su ejercicio diario, ¿y debiéramos reflexionar? Damos por gratuito y por maná todo aquello que se nos ocurre como un derecho: una escuela con tres idiomas, pistas deportivas diferentes, actividades lúdicas, actividades no lúdicas; parques gratuitos para tenerlos ahí, sin verlos; transporte de primer orden, baratitos, oiga, baratitos; ¿hay que pensar? Tenemos por incautos, infelices,  cándidos, a quienes buscan actuar sencillamente cumpliendo con sus obligaciones; consideramos genios a quienes pasan de largo por el esfuerzo y llegan a la cueva de Ali Babá: ¿es cuestión de reflexión? Tenemos en nuestras raíces dogmas, creencias, atavismos, creemos que todos los demás son unos estúpidos creyentes de otros dogmas y creencias anormales, raras, belicosas, incomprensibles, inadmisibles, poco dignas como las nuestras, ¿y sería buen camino reflexionar? Dilapidamos el tiempo frente a televisores planos de 40 pulgadas (¡oh cielos!, no los han hecho todavía de 300 pulgadas) persiguiendo con la vista a Shakira, viendo como se baña uno en las Seychelles, adorando a la Sra. Pantoja, ¿y sería recomendable reflexionar? Tenemos una industria del azar y el premio portentosamente saneada, deseada, que desafía a cualquier pobreza. ¿Habrá que reflexionar? Estamos dispuestos a asumir una cierta complicidad con quien nos regale o ceda una cómoda situación laboral, venga de donde venga, como venga, por la lealtad que se precie, borrando la independencia, ¿y hay que empezar a pensar sobre ello? Compramos cualquiera lo que se quiera: vehículos nuevos hasta no poder circular, casas unifamiliares hasta formar colmenas y riachuelos de viviendas, electrodomésticos hasta estrechar las casas, viajes para tener las fotos más únicas del mundo de las fotografía de aventura, vestimos siempre a la moda de día o de noche, nuestros retoños ya hacen cuatro o cinco másteres al salir del colegio infantil (solo faltarían las clases de política), comemos lo más moderno, ¿y sería recomendable reflexionar? Desconocemos el mundo en que vivimos, salvedad hecha de los viajes y hoteles low cost; ¿tenemos que empezar a pensar?


      Precisamente eso es lo que no necesitamos: reflexionar. Y por eso no lo hacemos. Porque todavía hay cuerda para vivir sin pensar, sin conocer el coste de nuestra vida, las diferencias, sin referencias a otros. Por el momento, claro.

     Una cultura cuya actividad mental está plenamente dedicada al disfrute de la cerveza, del espectáculo, de la tumbona, de ir a pegar tiros, de mover 180 C.V. por las calles, de renovar armarios antes de que pierdan su tiempo, no necesita reflexionar, ni tiene espacio o resquicio entre neurona y neurona para ello: necesita una tormenta magnífica de lejía concentrada, que comience por el Noroeste peninsular, alcance el sudeste barriendo todo el territorio (todos los territorios históricos incluidos), disolviendo los diferentes autismos culturales, y deje a los mojados al mismo nivel de necesidad que los 4.000 millones (ahí es nada) que saben lo que es que de verdad que, el precio de sus cosas sea injusto.

      El café con sal es usado tras las borracheras. En otras circunstancias, nada como el polvo del camino para re-conocer el sabor de la Tierra, para volver a entender que la vida se defiende una vez que se viene aquí, no se reclama como un derecho cuasi-gratuito. No creo que ninguna divinidad de las múltiples, posibles, variadas y existentes por toda la geografía mundial, si hiciera acto de presencia entre nosotros, se atreviera ni por asomo a negarlo.

(El coleguita de la foto, se ocupa diariamente de sacar material para nuestros
ordenadores: por 0,25 € diarios, mientras vuelva a superficie, eso sí).



La música tiene como objeto relajar el ambiente incendiario del post. Es bonita.

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