7 oct. 2010

modus vivendi



Llevo ya un período de tiempo sin ganas de escribir lo más mínimo. Y tampoco de hablar. Me encontraba digiriendo una ensalada de razones, sensaciones y conclusiones que se aunan tras un período de intenso aprendizaje, problemas y cambios. Sigo atento  la huella de nuestro alrededor, el de todos, pero como siempre hago, me esfuerzo por escuchar el alrededor más oculto -y también físicamente lejano-, el que viven otros.

Hoy me apetece escribir sobre un tema, al cual no pongo nombre ni menciono, y no con preocupación, no con hastío, no con espíritu crítico, que ya no es necesario ante lo imparable de su realidad. Solo por que importa no callarse. Es importante emitir señal. A mí me resulta muy gratificante encontrar señales en otros, y como poco en sí es una de las esencias de la vida: conectar.  No decir nuestros pensamientos más profundos, incluso admitiendo que deben tener algún grado menor o mayor de error  equivocación, es pobre para nuestra vida. Por ello, con quienes puedo hablar porque lo desean, o quienes quieren mirar hacia ello, me tomo la libertad de volcar mis pensamientos.

Nuestro vivir diario, aquí donde tenemos calidad de vida y desarrollo, supone que progresivamente disponemos de menos confianza, menos contacto verbal y/o físico, lúdico, con otros, y ello empobrece nuestra vida: tendemos a rellenarla con tonterías. ¿Alguien diría, sinceramente, que esto no es así? Vivimos aceptando tácitamente que las normas que ponemos, que nosotros mismos nos saltamos, acaban corrompiéndose en su función, pero dejándole algún beneficio a alguien en el camino. Y lo consentimos, ante la posibilidad de ser beneficiarios de ello. Tenemos la sanísima convicción de que nada tenemos o debemos hacer que no sea procurarnos el vivir bien, al mínimo coste, con el mínimo esfuerzo, mirando poco más que nuestro propio beneficio, sin hacer cuentas, sin ser nunca ni por nada responsables más que de aquello que poseamos.

Estamos acomodados en la creencia de que alguien en algún sitio, y algún día, es siempre quien debe ocuparse y ser responsable de cualquier cosa. Esto ocurre per se, por que alguna ley natural oculta pareciera haberlo dicho: jamás nos sentimos, ni nos reconocemos, ni nos sabemos parte de algo que nos exija responsabilidad, atención, pensamiento, o cualquiera otro de esos valores que suenan a romántica filosofía: honestidad, seriedad, compromiso. Podría estar refiriéndome a cualquier persona perteneciente a un país desarrollado, pero lo hago respecto de nosotros, los españoles, para cometer un error menor y más ajustado. Un vistazo a nuestra condición, permite ver algunas características loables, para no perderlas; también permite ver otras características nada loables, respecto de las cuales guardamos siempre una excusa, una argucia, un doble sentido, que les otorga el carácter de "defectos que no lo son si eres listo". Difícil resulta entenderlo así, porque nuestra falta de implicación, el infantilismo con que nos tomamos todo cuanto oímos a nuestro alrededor, la falta de responsabilidad en cuanto esta es posible, solo nos crean problemas, que por otro lado siempre "sabemos" que son responsabilidad de otro, nunca nuestra.

Mientras, el Mundo sigue girando, las cuentas de la vida (lo que prospera y crece, lo que desaparece y se hunde en el pasado, los millones que somos, los roces, la infinita escalera de diferentes necesidades necesarias y no necesarias) siguen definiendo lo que nos va a ocurrir, y lo que debiéramos hacer, salvo a alguien: a nosotros, que somos listos, que estamos al margen, y no somos responsables. Nosotros no derrochamos, no consumimos, no mentimos ni un poco, no volvemos la vista, no acaparamos, somos diferentes a todos los demás. Los demás solo pueden estar en una categoría de las diferentes de que disponemos para no dejar de ser nunca los que no tienen que hacer nada: o malos, o enemigos, o tontos, o especuladores, o... vayamos a saber cuántas más.

No, nosotros no hacemos la guerra, aunque también vendemos armas; nosotros somos listos, aunque derrochamos sin beneficio propio, solo por no dejar de vernos como siempre, a lo grande, por todo lo alto. Nosotros no especulamos, solo nos aprovechamos del estrangulamiento económico de otros. Nosotros somos respetuosos, vemos todas las cosas bien hechas en cuadros, en textos, siempre habrá tiempo para llegar a verlas en la realidad.

Nosotros estamos engañados. Y esto no es lo mismo. Por mucho que estemos acostumbrados a no mirar, a no reconocer, estamos engañados. Tenemos un problema serio, y no es el físico, no es la crisis, no es el dinero, es un problema vivo en nuestro interior, en nuestro propio mentirnos entre nosotros de forma establecida, tácita, convenida. Nos hemos acostumbrado tanto a mentirnos a nosotros mismos, y entre nosotros mismos, que ya nos resulta familiar y fácil, cómodo y natural, ver nuestros problemas de educación, de consumo, de derroche, de falta de iniciativa, de desidia, de corrupción, de agresividad, de suciedad, de pérdida del tiempo, de engaño. No nos parece algo modificable: lo consideramos inamovible, y por lo tanto pasa a ser objeto de humor pasivo y cínico. Y nunca nadie es responsable de nada. Nadie se equivoca, ni nadie engaña. O casi nadie. Y si es alguien que nos beneficia, es un benefactor mal comprendido, en un mundo difícil, pero que nos ha beneficiado.

Mientras tanto, esto puede verse en otros lares, en otras lenguas. Pero no me importa si en mi casa el barro ensucia mis pies. Y en mi casa esto es la norma. En mi país, entre mis conciudadanos, esta enfermedad, este engaño es la norma.

El español (un extranjero me decía que somos un país de vagos, ladrones y amigos) es un especialista en convertir un trabajo, una norma, una obligación, una responsabilidad, en una especie de paquete envuelto en papel, con instrucciones ilegibles, vacío y sin peso, que ni obliga ni ata, pero es un salvoconducto para vivir bien: nadie lo espera, nadie lo reclama, nadie lo envía, nadie sabe nada.

Llegarán de la mano de la espada económica, cambios que vapulearán ésta idiosincrasia común: incluso así, el español mantendrá esa palabra que no tiene reflejo en otras lenguas ("escaqueo") consigo mismo por muchos años, hasta que las generaciones sucesivas hagan desaparecer este modus vivendi.

9 comentarios:

Luis Lópec dijo...

Espectacular Somocuevas. Leeré el texto en el curro. Me alegro que todo vaya bien por la tierruca.

fer dijo...

Bello Somocuevas. Ahora, que estoy en Cantabria, la tierra de mi madre, podré conocerla mejor.

Una de las fortunas que me han llegado este año, hay más.

fer dijo...

Saludos. ¡Le dí a la tecla retorno demasiado rápido!

PEGASA dijo...

Ferr!!!! Ya pensaba me alegro mucho de que estés visitando a tu mama en Cantabria. Aprovecha el puente y disfruta lo que te dejen. Muchos besos.

fer dijo...

Más que visitando, viviendo en Cantabria. Saludos, Pegasa, un placer.

isobel dijo...

Esas palabras me quedan grandes aún, sigo intentando no escaquearme de mi misma, si lo consigo, quien sabe...? seguramente podre mirar mas allá, besitos

fer dijo...

Hola I5obel. Saludos. No te quedan grandes no. Ya lo sabes tú.

Abrazo55

Morgenrot dijo...

Muy bueno, Fer. Lo del " escaqueo " como característica nacional común y " modus vivendi " extendido, lo has clavado.

N.b.: También llevo una racha de silencios que se reflejan en hojas en blanco en mi blog, pero la mente es así, tiene sus momentos de " encierro ". Mil besos,

fer dijo...

Apretón de manos en la distancia, Morgenrot.