10 mar. 2009

infancia


Cuando yo era un niño, tenía una bicicleta: con ella andurreaba por las carreteras y caminillos, cercanos a mi casa, me escapaba a ver el cielo, a ver aves, a ver, siempre a ver.

Cuando era un pequeñajo, me lavaban en la pila, con jabón Lagarto, me secaban, cenaba en la luz y en el sonido cálido y nocturno de la cocina. Veía el ir y venir de mis hermanos, aprendía los horarios a los que ya no se podía estar en pié. A la cama! Me fascinaba el rastro del carbón que iba desde las escaleras hasta la carbonera. Me fascinaba el calor del radiador en la ventana, mientras la lluvia quedaba fuera, fuera. Me fascinaba el olor del pino de Nochebuena, su presencia y su luz a la noche, su silencio. Y el de la casa dormida.

Jugaba en el suelo, en los armarios oscuros, las puertas, las camas y sus bajos: eran muchas cosas y muchos juegos a la vez. Los sábados sabían a tarde, las visitas sabían a interrupción, los amigos sabían a una nueva clase de humanidad privada, una especial humanidad de la que formabas parte y que poseías. El primer amor era una persona amiga, con la distancia del desconocimiento mutuo del mutuo amor niño. Pero las sonrisas es grababan fácilmente, no había resquicio para el engaño.

La arena de la playa tenía su luz estática, siempre la misma, año y año y año después. El viaje en el cristal frío del coche siempre tenía algunas gotas del mal tiempo. Las historias eran más grandes, siendo tan pequeñas como realmente eran. La ropa olía como olía en cada sitio, era un mensaje de dónde y porqué se estaba. La bata del colegio, no podría oler como el jersey del verano. El zumo de naranja de la gripe, la ausencia del colegio, los libros entre las sábanas, el verano de la enfermedad, tenían el olor de la fiesta.

Cuando era pequeño, tenía una radio de válvulas con unas muescas casi invisibles, que marcaban Radio Moscú, Radio Berlín, Radio Praga. A su lado, un tocadiscos psicodélico, era capaz de mover discos de 33 r.p.m., los Lp’s de Tchaikowsky, de Brahms. Podía escuchar Parangaricutirimicuaro, puro México. El mundo, el círculo exterior, el afuera.

Hoy leí en un libro de texto usado en venta, en una estantería, la portada: “Historia de la España Moderna” (1977). Y en las páginas interiores, al comenzar el período visigodo, estaba escrito, con abundantes corazones, y con seriedad gráfica: “Ana ama a Ramón.” Más adelante, otro libro, versaba sobre la cabaña de ganado ovino, vacuno y equino, y la industria en la Europa moderna.

Más fuerza tiene esa página que todo el libro. Es la vida de Ana y Ramón. Sigue habiendo niños, con los que convivimos. Y siguen los olores, el color y el tono y matiz de los ruidos y los sonidos, existiendo en el mundo de cada uno de ellos. Ese tono, el olor, se transmite de uno a otro, es reconocible, con fidelidad que aguanta muchos años de paso por encima.

¿Qué habrá pasado, me pregunto yo, con esa capacidad de percepción sensorial del tipo “aquí hay algo interesante que me interesa y en la cual estoy firmemente interesado”, que de niños dominamos discreta y astutamente, y parece que tenemos anquilosada y perdida como adultos?.

Noto y percibo en las palabras, en la forma de sentarse, y en el hablar de los adultos, un ser perdido al que no se le oye ni permite ser inteligible, que quiere manejar esa habilidad. ¿Será cierto que hayamos "cultamente" enterrado este ser propio, solo para ser más “preparados”?.

Ya tengo alguna contestación, recibida con gusto. Por eso me lanzo a barruntarlo.

8 comentarios:

Luis Lópec dijo...

En primer lugar felicitarte. Considero este texto tu mejor escrito.
Me ha recordado situaciones olvidadas que va marcando la edad. Nos vamos haciendo viejos y un poco más sabios.
He dicho olvidadas y quiero decir "perdidas en nuestro disco duro a punto de caducar".
Barruntas -lo comparto- un enterramiento de lo entrañable, de los descubrimientos naturales, de lo realmente amigable, de las luces directas,del sonido a 33 rpm, de todo aquello qe marcó nuestra infancia.
Querido, estamos en el siglo XXI, aunque nos pese.
Saludos de los de toda la vida.

La Rata Paleolítica dijo...

Que me hace volver a Europa y sentar a la gente de allá, y obligarles a contar que han hecho durante el año con pelos y señales. Y que hace que al volver volver a Africa, corra a oler el polvo, como perrillo babeante, a deleitarme con el hablar de la gente, a necesitar ver a todos y todo, que me cuenten como fueron esas 6 u 8 semanas.
Comprarme una máquina bien conocida, y llena de bits que a mi lechuza le encantan, que me permite pasear por estas y otras calles, y cotillear mirar,aprender, ver, leer e imaginar.
Que me hace hablar con alguien por la calle, la cajera del spar, el guarda al que le pedí un alambre y ahora me cuenta su vida,y yo le cuento la mía, observar tirado en los ladrillos la hormiga que perdio su camino, perderme siguiendo una manada de impalas, perder la mirada en el fuego, y en general, disfrutar y dedicar gran parte de mi tiempo a tonterías como estas.

"Aquí hay algo interesante que me........".

Cada uno en su rastro de carbón, grande o pequeño, más o menos largo, ni mejor ni peor que otros.

Sí que se fué gran parte de inocencia. Si que nos dá miedo a veces el ridículo, falsos respetos humanos, no llevar el cuello bien planchado, excesos de disco duro, desmesurado afán de poseer, competencia y poder, etc, que nos tapan y acallan esa percepción.

No creo que nadie pueda haberla perdido completamente. Y si alguien la perdió, pobre...

OnlyMary dijo...

En mi opinión, esta entrada es la mejor de todo tu blog. Incluso el fondo verde con los rojos de Dick Turpin crean magia
…por cierto, quién tiene los tres tomos encuadernados? Eso lo suelen atesorar los hermanos mayores, ya sabes, la historia se repite…

Pero … ves ? Has traído el olor del pino de Nochebuena y el rastro de carbón y lo has lanzado más allá del sur de África…
No se ha perdido, ni se perderá, mientras tú lo recuerdes.

Estamos aquí, y ahora, hermano, y eso es por algo. La llave está guardada dentro de cada uno de nosotros.


Un beso y felicidades

ana de la robla dijo...

Hermoso... Oh tiempos, oh costumbres, decía Cicerón. Si eso se apaga seremos como una vela triste en medio de una noche helada... Besos, amigo.

isobel dijo...

a alguien le vino a visitar su yo tierno e infantil, con ojos llenos de experiencias. Un pequeño abrazo

leo dijo...

Esa infancia, que vuelve...
Yo creo que la capacidad sensorial sigue intacta, que quizá lo que ganamos es en soberbia, en creernos que conocemos todo lo que pasa por nuestros ojos, y, así, perdemos la capacidad de sorpresa; y, así, se nos escapan los mejores detalles de la vida.
Un gran texto, sí.

Antonia Martínez dijo...

La única desventaja de ser niño es que nos damos cuenta de que lo hemos sido cuando hemos pasado la adolescencia.

Un besete. Me encantó tu entrada.

sallopilig ref dijo...

Estamos? Lo difícil parece ser cumplir con algunos buenos rastros que nos dejó la infancia.