23 jul. 2008

Ucu. Nombrando los nombres.



Ucu. Nombrando los nombres.


Prepararon todas las alfombrillas que encontraron disponibles, cada cual echaba a las espalda una, de su casa, juntaron todas las necesarias. El meirú, recolector de hierbas, ayudaba a Tetoo a encender un fuego que animase con luz y calor la extensa estancia, de la cual escapaba el humo por los dos orificios del techado de caña. Se reunían esa noche los poblados del Ogangasé; de la tierra mojada, Bane-Vande, de la montaña y su vertiente norte, Huasan-Vandé y Huari-Babo; de los poblados del llano y de la ruta a la ciudad, Suatán, Esi-Nur y Seri.
Más de dos mil, todos sabían cómo comportarse, como pedir la voz, haría ya dos tandas de lunas que todos conocían el motivo de la reunión.

La presencia de dos misioneras no estaba asegurada, sí la de dos periodistas blancos y Ernst, un neozelandés que tenía pasados más de 30 años en las faldas de Huari-Babo.

Al brujo, no hace ya mucho, le han sustituido los años y la presencia de los médicos de las organizaciones blancas, pero todos saben que sus predicciones y su vista, aún cansada, no erró en años. Estaba triste tiempo atrás. Más de 500 lunas hacía que un brujo no reclamaba la gondui, la reunión de poblados íntegra, niños también. Todos, miraban bajo el techado ampliado en pocos días, el círculo central donde se hallaban los masti de cada poblado, los jefes; el brujo, Ucu, y el consejo de tradiciones, los mayores hombres y mujeres. El resto, los llegados, todos respiraban suave midiendo si en la distancia podrían entender bien todo cuanto se oyese. Diecinueve niños repartían en unas canastas harina tostada y un poco de leche, sin mezclar la de unas y otras cabras.

- Ucu, estamos aquí los masti, el consejo, los hombres, las mujeres, los niños, te saludamos: tenemos que oírte, tú tienes que hablar a este pueblo, a tus hijos mayores y menores. Te escuchamos, Ucu, que nadie levante una voz impidiéndote enseñarnos.

Ucu, asintió con la cabeza tres veces, dejando las cinco varas en la madera del suelo, a su frente, esparciendo polvo en su propia frente. Se sentó entre ellos, le vieron entregado, sin intención de discutir con pueblo, o regatear un acuerdo, solo hablar y contar.

- Gracias, Tshantu, os pido que me escuchéis, que conozcáis que les ha pasado a mis ojos, a mis oídos, a mi corazón y a mi cabeza, hace tiempo que están doloridos, y no encuentro enfermedad en mí, la encuentro fuera. Subo siempre a la montaña a cumplir mis obligaciones con vosotros, a vigilar el Viento, a conocer el agua que viene, si tendremos frío o cristal en la mañana, si nacerán las espigas, todas las lunas vigilo nuestra tierra, miro en ella y en sus huellas. He sido fiel y seguro con las enseñanzas de mi maestro, y soy claro con vosotros, no os miento, sois mi pueblo, mis hermanas y hermanos idos están entre vosotros. Los pies notan por mí, ven por mí, noto el calor y la arena distinta, rugosa, se pierde el alimento en ella. Mi piel siempre ha sufrido más en las lluvias, ahora sufre siempre, está débil: el okar me protegió toda la vida, pero ahora no hago más que darme okar por el día, por la noche, y no abandono los nervios. Tengo susto pequeño dentro de mí, a veces es más grande, el okar no lo cura.

Respira Ucu, coge fuerza y aliento, sus ojos han mirado serios a su pueblo.

- No sigo las nubes, ni el agua que nos da la madre, no los veo ir ni venir, la luz de la tarde es fría y rápida, no se detiene como se detuvo toda mi vida, y la de mi padre, está fría, está distante. Arriba, en la montaña, siempre escuché vuestras voces, aquí abajo, hoy no se os oye, ni ayer, ni tampoco mañana, no sé porqué, pero ya no os oigo. Ni escucho en el camino a la cumbre a todos los pájaros que habitaban, ni las huellas están, no tengo miedo de pisar una criatura, no las veo. Veo venir de uno u otro poblado hombres solos, mujeres con niños, que no paran como antes, vienen y van pero ya no están con nosotros ni un día, y no sé qué les lleva a irse y no dormir aquí. Veo a los hombres cansados y tristes, trabajando con las ropas de blancos, en las granjas de blancos, y no les veo reír. Mi cabeza me habla cosas, me encontré algunos días pensando solo, lo que nunca había pensado. Mi padre y mi abuelo no me enseñaron estos pensamientos. No sé de donde han salido, y están en mi cabeza como estáis vosotros ahora aquí conmigo.

Toma aire, continúa, lento en sus palabras.

- Tengo que deciros que debemos poner nombre otra vez a las cosas. ¿Os acordáis de los nombres de todas las cosas? Algunos ya no las veis, ya no las sabéis, y no las podéis nombrar. No las nombráis. Tenemos que nombrarlas con sus nombres. Tenemos que encontrarlas todas, traerlas, que vuelvan y que nazcan, y que estén donde siempre han estado, y las nombraremos. Tendremos de nuevo el nombre de las cosas, porque tendremos las cosas. Con los nombres tendremos las cosas que decíamos, que veíamos, y no tendremos miedo. Tendremos así lo que no aparece, lo que no sé dónde está. Todos debéis ayudar, y recordar y nombrar los nombres, para no quedarnos sin ellos. ¿Qué haríamos sin poder nombrar las cosas, sin ellas? (Los masti y el consejo le miraban fijos, todos los ojos del pueblo brillaban en su dirección, el silencio y el eco parecía venir del fondo de la sabana).

Las miradas buscaban y esperaban la palabra del grupo de consejo, solo se les oía murmurar, lento, cuidadosamente, sin respuestas. La impaciencia de algún bebé sonaba entre las cabezas y piernas de los sentados, entre la rosa de ojos respetuosos.

Aunhu, segundo del consejo, habló calmado, aprovechando que su voz serena era conocida y provocaba bienestar siempre que sonaba.

- Has hablado muchas cosas extrañas y nuevas, tenemos que oírlas en nuestras cabezas, y decidir si estás en verdad o no. Te oímos claro, nos llegan tus palabras, nos hacen entender cosas que no entendíamos, tienes el don de la mirada. Te ayudaremos con nuestra repuesta de buen grado Ucu, esta noche estaremos todos contigo, y mañana sabremos qué hacer cada día.

Se levantó, volviéndose al auditorio silencioso.
- Dormiremos, que unos arreglen a otros una casa, y mañana tengamos todos leche para estar presentes.

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La noche ha caído como una lluvia de plumón fino y caliente, la sabana arropa a estas gentes, con los cuerpos semidesnudos, quietos y arrebujados entre ellos. Alguna alimaña visita el encuentro, olisqueando algún resto, mientras todo sigue su curso. Mientras, la noche avanza, cumple su tiempo y, muda, se desvanecerá con un Sol frío en la mañana. Todos sueñan. Todos olvidan el día, todos los ojos cerrados, salvo Ucu, que revisa la noche silencioso como la misma, confiado en ella.

Ucu, desnudo, alejado en el alto, mira su tierra y su poblado, en la noche que le sigue y le acompaña. Todos los recuerdos de su vida, niño y hombre, todas las mujeres y hombres de su tribu están en su mente, clara y despierta. Todo pasa por su corazón, está sorprendido, asustado, escucha su propio pensamiento con una fuerza nunca antes sentida. A la mañana, estarán haciendo lo nunca hecho: renombrando todos lo olvidado, luchando por mantener desde dentro de sí mismos todos las cosas que les dio la tierra, nombrándolas una a una, para que sepan todas, que son reconocidas, que son queridas.

Ucu, sentado, apoya sus dos palmas en la tierra, insensible a nada que le rodee. Solo a la tierra.




© lajoyadelnilo, 2008

6 comentarios:

ISOBEL dijo...

tendré que cerrar los ojos, tocar la tierra, soñar nombrando y despertar con una sonrisa, besos

Magia dijo...

En qué te inspirarás....?me encanta!

sallopilig ref dijo...

Me alegro de que se sienta. De eso se trata.
Saludos.

Luis López-Cortés dijo...

very interesting entry.
Saludos.

Hache dijo...

Vaya ... para ser lo primero que leo de este blog me ha gustado. Me senté con las palmas de mis manos apoyadas en la tierra y escuché ... precioso!

sallopilig ref dijo...

Me alegra saber que la Tierra todavía transmite... Saludos,