4 abr. 2008

secretos sin importancia


Pensado pensando, me he dado cuenta de que un blog, con un poco de educación, con respeto a los demás, y no pasando de quince minutos cuando se tenga ganas (ojo, sin adicciones, que no me van), es un buen sitio para contar ciertos secretos personales, o interioridades tontas, que, a lo sumo, puestas así al descubierto, pueden permitir a otros y a uno mismo (si no lo hicieron ya en su momento) ver las tonterías, los intereses, o los errores, o ... lo que sea que a veces hacemos o hicimos, pero que permite reírse de ellas, y quitar hierro donde lo ponemos tantas veces.

Cuando quise abandonar mi primer trabajo, tras tres intensos años en él, era porque quería empezar a dar clases particulares, en mi casa de alquiler, comenzar mis estudios, y hacer mi futuro. Para ello, necesitaba ahorrar dinero, y no lo tenía todo. Tenía lo justo para el alquiler, dos meses, mesas, sillas, en suma empezar. Pero no llegaba para comer. Así que decidí acercarme al hogar público de Cáritas Diocesana (sin pedir nada a nadie más que a ellos), expliqué a la rectora del centro que necesitaba estar un tiempo comiendo allá, para poder empezar, no mentí. Me aceptó, y me dijo el horario y las normas.

Fui dos meses, exactamente. Comíamos lentejas con arroz, o garbanzos con patatas, y un café y un bizcocho, que sabían como no pueden saber en ningún Ritz. No es eso lo que quiero contar. Lo que me alimentó en aquél momento, porque no puedes olvidar lo que aprendes, fue conocer a mis compañeros de mesa y refugio. Nunca hubo un mal gesto, una mala sensación, un roce. No imaginaba que existiese un "Código Civil Transitum". La inocencia, la debilidad, los flecos de la sociedad que resbalan por la ladera, no tienen ninguna mala fe. Es tan real como cualquier otra cosa que uno se encuentre conforme pasa la vida. Pero a uno se le acaban las ganas que se puedan tener de no verlo.

El destino hizo que años después, volviese a encontrarme con lo mismo, o parecido. Una franja de las inmensas calles semicirculares de Connaught Place, en Nueva Delhi, albergaba cientos y miles (esa es la cifra) de diminutos puestos, ventanas, oquedades, plataformas polvorientas, bajotechos, donde los ¿comerciantes?, ¿mendigos?, ¿lisiados?, sacerdotes, prostitutas, niños y niños y niños, viven y se mueven sin parar, todos los días y noches del año. Tu paso no molestaba, impactaba notar que ninguna mirada, ningún gesto mostraba en absoluto desprecio, miedo, enfado, desdén... solo tranquilidad. "Our customs are wellcome". No es el ejemplo del mundo. Pero es tocar tierra dicho tres veces: tierra, tierra, tierra. El valor que tienen las cosas es tan relativo. Tocar tierra, me parece, es una experiencia básica para no caer en trampas. Y me da la impresión de que no basta con tocar tierra una vez.
Alguna más, puede ser beneficioso. Vuelvo a recordar a Steve Jobs.

2 comentarios:

Luis López-Cortés dijo...

De vez e cuando conviene poner los pies en la tierra y darnos cuenta de una realidad que, desgraciadamente, para muchos es su pan de cada día. Saludos.

sallopilig ref dijo...
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