13 mar. 2008

el manuscrito de Eyeldhin, o Nusa la Navegante (44 cuentos...)



el manuscrito de Eyeldhin, o Nusa la Navegante.


fot. Elena Kalis


(este texto procede de restos de una biblioteca privada encontrados
en el incendio del domicilio de Philas Obvzherczyc en París.

A su vez otro documento salvado de las llamas demuestra que este
texto, se encontraba entre las hojas de un libro de botánica comprado
por el comerciante a un navegante de Adival, el país mencionado en el
texto, del cual la única referencia geográfica documentada es dicho texto,
pues a fecha de hoy, se desconoce su latitud y longitud, ni la certeza de su
existencia, pese a todas las referencias que existen en el acervo popular de él.

No constan datos en la Biblioteca Nacional de Inglaterra sobre el autor firmante
del manuscrito, Reeff Ssallopiligg. Se le presupone un escritor de poco éxito.)

Thomas Lands, bibliógrafo. 1434.





El narrador, que soy yo, vierte aquí esta historia de aquél año 5o de la 2ª Gran Columna de tiempo, que se repite recurrentemente unas pocas veces en toda la Tierra de Adival, a lo largo de miles y miles de años, que nos permite a todos sus habitantes - algunos pasajeros, otros navegantes - , la oportunidad de ver una vez en nuestra vida el suceso sin nombre, el suceso sin huella, el sueño esta vez vivido.

Adival no es solo territorio de navegantes, también lo es de campesinos, y ovejeros, y de hábiles cristaleros: todas las profesiones están aquí: se oyen sus martillazos, voces, caminares y enfados. Es bulliciosa, sí. Lo es. Es vital, una inmensa extensión de casas, pueblos, granjas, molinos, repartidos cuales gotas de lluvia corta, unos arriba dominando la montaña, otros a pie de mar, barnizados en sus tejados con el color de la sal, sal siempre presente. La sal de la mar, esa Mar que los comunica, les permite vender y comprar, cambiar el trabajo de sus vidas por las ropas y luces de sus casas. Adival no sería posible sin esa mar, tantos puertos separados por olas, arrecifes, bajíos, serpenteantes islas encañonadas, que salvan los marinos, los navegantes, unos más bravos, otros aprendices, pero todos, hablando con la mar, pidiéndole paso para llevar a sus pasajeros, a otro pueblo, a otra granja, a otra familia... ¿Cómo si no se enamorarían los adivalenos, si no viajasen por la mar, a encontrarse sabe Dios en qué ciudad?

De Sal. Manchada de sal. Así nació Eyeldhin, manchada de sal, quizás como otros navegantes; también ella reposó en su sueño de bebé, protegida por una manta de seda y otra de lana, a la sombra y el refugio del Sol Marino y la Brisa Costera, respirando en su infantil cuna el sudor de la mar, que empaparía todos los días sus ropas. Sin malicia, sus oidos aprendieron con la dulce repetición de todos los días, el musical lenguaje de las gaviotas que reñían a diario con la piel de la mar, rascándole la espalda inquieta, limpiándole cada arruga.

Su padre, Otor, un navegante altivo y orgulloso, tenía buen dominio del atraque, orzaba y plegaba vigoroso, y mantenía el velamen ondeante brillándolo al Sol, haciendo la delicia de los pasajeros, que no temían perder sus cestas llenas, ni caer, ni mojarse, pues estaban en manos de Otor, el marino que no conocía puerto en que no pudiese atracar. No diré, pues soy de aquí y no me conviene hacerlo, qué hacía Otor en otros puertos, allá donde la distancia al pueblo natal de Eyeldhin, Raggohh, era la máxima posible que se conocía. Los marinos tienen en el agua del mar la escoba que barre sus secretos, que les envalentona por proa, y les esconde y encubre por popa.

Otor era un buen marino, un firme capitán, un timonel seguro. Nunca fue el Navegante que sería su hija Eyeldhin. Eyeldhin, tenía la sangre del mar. Su madre la amamantó, a los ojos de su abuela, mientras mi madre me amamantaría a mí, nacido cerca del pueblo de Eyeldhin, Raggohh. Decían que Eyeldhin sería quien besase y curase a su madre Erdam en la vejez, pues ya desde niña se le podía ver el corazón tan grande, y tan hermoso que tenía, porque siendo todavía niñita, sin haberse formado la piel que esconde el corazón de los ojos, ya deslumbraba con fuerza infantil. La llamaban Nusa la de la playa, la que arañaba la arena de las playas, arrastraba sus pies, manos, y cuerpo desnudo, mientras los niños del pueblo, desde los alto de las dunas, veían formarse los maravillosos dibujos que tejía Nusa, con líneas sin roturas, fluidas, largas, ondulantes y sueltas. Llenas de vida, que dejaba desaparecer y dormir con la pleamar, y volvía a trazar al siguiente día, con la aparición de las húmedas arenas de la bajamar. La niña que nació manchada de sal, y que escribía en las arenas de la playa, no miraba fija a la mar, ni seria, ni consciente de las destrezas necesarias para navegar: solo lo sentía. Algunos creen que este hecho, además de su sangre marina, y sus brazos, dibujantes certeros, es lo único que la diferenciaba de otros navegantes. Yo, no lo puedo poner en duda, ni afirmar. Solo voy a contar lo que ví, que es suficiente para no necesitar saber más.

Oportunamente les daré mi nombre. Y este testimonio fiel.

Terminaba el invierno más estruendoso que habían conocido en Adival, un invierno de duro trabajo para Eyeldhin, capitana joven y recia, de barco propio, al que acudían, años ya seguidos, todos los que buscaban prosperidad. Era conocida por el barco: por ser el timonel, la tripulación, el capitán, y el vigía, todo a la vez, sin más ayuda. Los navegantes la respetaban, la envidiaban, la querían... no dejaba indiferente. Su ruta en la mar era suave siempre, nunca equívoca. Oírle cantar en el puente era la delicia de los pasajeros, que llegaban a puerto satisfechos, como si hubiesen dejado la mesa, el baile, el sudor y el mareo de la boda de su mejor amigo.


fot. Thaib Chaida

Con un invierno tal, de tormentas negras, días sin recuerdo de viento, noches a veces de bruma gelatinosa, Eyeldhin, Nusa la Navegante de todos, había resuelto sus trazos en la mar sin saber que uno de los últimos días del invierno, bordeando la costa de Otne-Ilased, que está entre Oic-NasNac y Noic-Peced, (perdónenme si se les hace difícil escuchar los nombres, pero son los que los chamanes siempre han pronunciado al nombrar estos sitios, y yo solo debo aprenderlo) una paloma de algún puerto, en algún rincón, no podía saber dónde, le traería orden de recoger un pasajero. No sabía lo que haría, no sabía que se encontraría un día, en ese estado que los chamanes llaman adunsed, “el que no se protege y está protegido”.

La mañana la comenzó recogiendo en cuatro puertos pasajeros que van entusiasmados buscando el destino, para comerciar, y con ellos marcó en su mirada el Oeste, bordeando siempre segura y vital, las islitas, los peñascos, rocas sumergidas de cielo acuoso color azul claro, y dejándose acompañar de las gaviotas, petreles y chorlitos curiosos que le sobrepasaban, y le graznaban desde el sobrepuente. Del Norte, zigzagueando a lo lejos, se acercaba ese mediodía una paloma mensajera al buzón de antepopa, procedente de la lejana línea de costa, cargada con su mensaje, responsable, puntual a su trabajo. Aiiama y otros pasajeros, desde la bancada (una comerciante que frecuentaba el pasaje), le vió bajar al panel del buzón, y saludar a la paloma, Nozaroc, una paloma compañera desde su infancia. Su progenitora, también Nozaroc, era más juguetona volando, y más lo fue la primera Nozaroc, la abuela, la paloma de su infancia, que le trajo su primer mensaje.

Acarició a Nozaroc, limpiándole algún resto de algas entre los cañones de sus fuertes plumas, y recogió con delicadeza el rollito azul, cerrado con yerbabuena, dándole un beso en el ópalo a Nozaroc. Le vieron abrir el mensaje, leerlo, su sola línea, sin pestañear, mientras sus ojos se volvían hacia adentro, su mirada se abría en derredor sin ver nada, sus manos se relajaban en el pergamino, y su boca se abría lentamente dejando pasar un soplo de aire en sus pulmones. Casi volando sobre sus pies, leyó, escuchó, se vió invadida por la sola línea que estaba escrita. El mensaje exclamaba, en el lenguaje de los chamanes “Oe Vet”. Nada mas había. Ni un solo punto, ni una dirección, ni un nombre, nada más que un mensaje. “Oe Vet”. Y nada.

Eyeldhin, Nusa la Navegante, se encontraba desnuda, indefensa ante un mensaje, que nadie queremos que llegue, porque le tememos, porque no sabemos si responderemos, si podremos. Solo eso, “Oe Vet”. Debo ser yo mismo quien lo diga, y no dejar que ningún escritor envidioso o falaz posterior a mí anote en el futuro nada que no sea la verdad: el hecho de que fui yo, Reeff, nacido en Annolp Mmap, cerca de Raggohh, quien envió la paloma, desde el puerto sin acceso. Puerto custodiado por aguas difíciles, las aguas habitadas por todos los espíritus que los adivalenos añoran tener consigo: Noisap, el espíritu del fuego; Datssima, la fuerte y aromática fuerza tan difícil de oír, tan silenciosa; Rammaa, el espíritu siempre loco y revoltoso; sin olvidar al magnífico Ote-Pser, quien educa a todos los demás espíritus mayores y menores. Tan silenciosa como sus ojos, sus manos, sus pies casi levitantes, su corazón tensado: tan silenciosa, tan silenciosa se dirigió al puente, dejando ver solo su rostro y su mano que se acercaba al timón a través de los ojos del puente. Sin ruido, los pasajeros notaron el cambio en el rumbo, suave, sin la más mínima cresta de espuma, comprendiendo claramente que conforme el barco siguiese tomando el Norte, verían la roca cercana a superficie rodeándoles por todas las direcciones, el mar más fuerte, y presagiaron el ruido de la quilla al quebrarse.

Nadie se asustó. Veían a Nusa, la Navegante, mantener el timón sin esfuerzo, con los ojos cerrados, el cuerpo inclinado mínimamente, mientras todo sucedió. El viento estaba, ¡y no se oía!; el barco avanzaba, pero no deslizaba sobre el mar, sino sobre un velo de manos de agua azul oscura y olor a arena profunda; y la sensación de escuchar un instrumento musical tímido, humilde y acunador, se extendió entre ellos, sin lograr encontrar dónde o quien lo pudiera emitir. Ninguno de ellos jamás navegó en barco alguno, sobre el Viento, sin frío y sin ruido, como esa tarde, ni jamás habían imaginado presenciar, cómo Nusa depositó los 11.000 barriles de peso del barco sobre la playa, sin arrugar ni la vela más pequeña, sin sobresaltar al más miedoso, trazando una huella en la playa, salvando las aguas no cruzadas nunca, y dejando en ellos un recuerdo incomprensible siempre.



Eyeldhin bajó a tierra y se encontró con el pasajero. Lo demás ya no tiene importancia. Alguno de ellos, lo recuerdan, vieron subir a Eyeldhin al barco, al tiempo que el color de la luz invadía primero sus pies, llegando hasta su cuello, su boca, y su punto más alto en la cabeza.
Aquí retiro mi recuerdo, porque para historias de navegantes, está cumplida.

3oº dia de las semanas frías
Reeff Ssallopiligg

© lajoyadelnilo, 2007


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