21 mar. 2008

Un hueco amigo en la noche (44 cuentos)

Un hueco amigo en la noche.






Esta casa siempre estuvo bien situada, así que como posada no era de extrañar que tuviese tal acogida entre todos los viajantes que la conocen, y los lugareños. La explanada frente a ella, empredrada y siempre limpia y seca, con sus bancadas de madera, bajo seis fresnos - cuatro hembras y dos machos - es acogedora. Está iluminada por faroles que penden de los fresnos, y, en las noches veraniegas, las conversaciones, en ella, se extienden hasta la hora en que puede verse claramente toda la Vía Láctea a simple vista, sin esfuerzo. Seis ventanones de roble muestran el interior, con ocho mesas para cenar, agradables y recogidas. En la parte trasera, cuatro habitaciones dan al gigantesco jardín, flanqueado al fondo por el retorcido regato, y una selva de árboles plantados por don Julián Ayuso, el padre de Tomás, el posadero. En el primer piso, once habitaciones completan la oferta para descansar. La última habitación, la convirtió Tomás en una biblioteca con todos los volúmenes que ha guardado a lo largo de años, un pequeño vivero de plantas de la zona, y una colección de rarezas, regalos, cuadros, y artesanías que sus clientes, le regalan, o le entregan para mostrar a los demás visitantes. Esto es algo que ha ocurrido desde el primer día que abrió la posada.

Ahí está el violín de un italiano, Pietro Valizzi, que lo dejó en depósito, y todos los años vuelve a descansar una semana, o en Navidad o en verano, volviendo a dar sus conciertitos bajo el sicomoro del jardín, siempre de noche. En el jardín, como no podía ser de otra forma, está un tótem Yahoe, que trajo en una camioneta el americano de voz fuerte, Hugh McIntire: tres días le llevo retocar los colores del tótem, dañados en el viaje, con pinturas traídas desde el medio este norteamericano. Bajo él... ¿cuántas historias de sus viajes comerciales no habrá contado Hugh? Y el laboratorio de perfumes de Marie Anast: un tremendo mueble de cerezo, con setenta esencias en cristal, y una bandeja central acristalada con las herramientas, embudos, fieltros, y botellines para preparar esencias de aromas.... muy especiales, realmente únicos. También está la mostura completa, en cuero claro forjado y estañado, traída por Adrián Osborne, que vino al pelo para montar al inquilino del cobertizo verdusco, Ayro, un caballo español que guarda en el prado don Francisco Montes.

Y más rarezas hay: la biblia hebrea del padre Bardem, un ajedrez gigante árabe de hueso y ombú de Therese Adhiouf, un escudo hariri de Matt Peterson, la colección de mapas de navegación de la maquinista de 1ª Olga Cereceda... Se puede pensar... ¿por qué motivo, tantas personas, han dejado o traído, comparten tantos objetos, y momentos, historias, en la posada de Tomás? ¿Qué les hizo desear y tomarse la molestia de entregar algo tan suyo, al común de los visitantes, a cualquiera que par a descansar en la posada?

Tomás abrió su posada hará seis años, adecentando sus habitaciones, construyendo el porche y el cobertizo, rematando el jardín con un vallado labrado, mimando la sala central como comedor y salón de estar, dotando todos los rincones de la posada de lo que él llamaba humildad y naturalidad. Y en todas las habitaciones, colocó un ejemplar del libro que le regaló cuando era pequeño, su padre Julián: “En un Mundo Aparte”. Es una edición diminuta, de veinte ejemplares, del año 1894, editada por los hermanos Julián y Sebastián Ríos en Barcelona. En él, su autor, el misionero Antón Ferrán de Albéniz, cuenta sus 33 años en una colonia española aislada al este de Guinea, en el Ecuador, desde que llegó a sus 17 años, hasta los 50 años, en que la malaria le obligó a volver a la vieja Europa. Relata como, sin saber nada en absoluto de la vida, allá aprendió día a día, noche a noche, todo cuanto le valió para conseguir sobrevivir con los tres poblados que dirigía. Cómo le salvaron de mordeduras de víboras, cómo recuperar al que enloquece, cómo buscar bajo tierra cuando todo está seco. Relata cómo es la sonrisa de los niños, y de los más abuelos. Y reescribe con literalidad, un sinfín de historias nativas heredadas y contadas a viva voz, de padres a hijos, de hermanos mayores a hermanos menores.

Todos leyeron el libro en la primera noche que descansaron en la posada. Todos decidieron quedarse unos días al levantarse al desayuno el día siguiente. Todos trajeron a sus hijos a la posada, para veranear, o pasar la Navidad, o la Primavera. Todos se vieron transformados por la lectura del libro de Antón, por el deseo de comunicar sin tapujos y sin vergüenza sus propias vivencias, sus mismas convicciones, sus deseos, sus historias personales... al anochecer, en el jardín de la posada, a la luz de los faroles, o en el salón, antes los demás.

Así, quizás se entienda mejor, que Tomás, peculiar y muy propio en sus gustos para todos los detalles con sus inquilinos, llamase a la posada “Un hueco en el camino”: claro queda, que muy original.

© lajoyadelnilo, 2008

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