21 mar. 2008

Tres deseos (44 cuentos)

Tres deseos




Juan Cobarde tenía el paso de quien corre, de quien huye, de quien tiene prisa por ir, pasar, llegar y continuar, siempre en marcha para no sufrir el tormento de ser conocido, y oír nuevamente renombrarle cobarde. No sabe el porqué huir de algo que no puede definir, pero lo siente dentro, eso sí. Lo siente vívida y marcadamente, cual marca al fuego. Todos sus intentos de amarrarse a trabajar en una caballería, o en un almacén de puerto, o ayudando a un secretario con la contabilidad, le resultaron inútiles. Siempre salió huyendo por el camino, deseado por sus patrones, vilipendiado por el abandono, pero asustado por un terror interior que no podía localizar, asir con las manos, expulsar, ni nombrar.

Llevaba seis años como una abeja buscando panal, o buscando a sus congéneres, o buscando flor que no le acabase repeliendo. Tenía el cuerpo, la ropa, el hábito, hecho a la medida del movimiento. Se entendía más con el Viento, con las aguas en curso de un río, que con casa, pueblo, choza, ni cueva alguna.

Encontró la puerta y punto final a su correr imparable una tarde, andurreando por los montes previos a la entrada del Valle de Sentsi. Caminaba calculando el recodo en que parar, tumbarse, abrir el morral, y comer despacio, dejando el resto de la tarde para una siesta solitaria, en un día sin hilo alguno de Viento. Se propinó un variado y colorido menú: abrió un chorizo fresco francés, unas lenguas de pan negro dulce, extrajo de una lata metálica unos muslos fríos de codorniz, con una salsa de higos agria, que calentó al fuego, y se barnizó la garganta con un vino ligero que adquirió en un pobladito alemán. Cerró la fiesta con una pipa: la cargó mezclando hebra de dos colores, y atizando con placer el humo seco y casi imperceptible, mientras tumbado, sus ojos se dejaban arrastrar por los ojos de las nubecillas y las circunvoluciones de alguna graja en altura.

Se dió cuenta de que le observaban por el silencio de los pájaros en derredor. Girando unos grados la cabeza, atinó a ver los pies envueltos en piel oscura, los pantalones pobres, y el cuerpo de un hombre enjuto. Sin cerciorarse de ello, lo pensó, y girando de nuevo la cabeza, corroboró que el cuerpo no se correspondía con la sensación que ofrecían los ojos del viejo: ese hombre era fuerte y joven en su fondo, aquellos ojos tenían la señal de quien está en el cuerpo de un anfitrión. Miraba calmado, pero invitaba a pedir, a confiar, a mostrarle todo cuanto llevase uno.

Juan le saludó, parco y amistoso, con respeto. Incorporó su estómago, su espalda y la cabeza, y le ofreció con ambas manos la mochila, y la vitualla que en ella guardaba. El viejo-joven recogió la mochila, agradeciendo con la mirada: escogió un poco de codorniz, queso y vino, comiendo con alegría, disfrute, sin emitir una palabra desde el principio.

Una hora fue todo lo que le llevó comer cuidadoso. Recogió la mochila, ordenó las viandas y habló. Tres palabras, pero habló.

- Me llamo Net.
- Encantado Net. Yo soy Juan.
Un minuto después, Net observaba la frase.
- ¿Tu nombre completo es Juan?
Juan sabía que no era capaz de ocultarle nada.
- En cierto modo, no he conocido jamás mi segundo nombre, pero me llaman Juan Cobarde. - No es bonito, no es tu nombre completo, no te corresponde.
- Bueno, yo acepto que me llamen así. - Tu posees un nombre agradable, y debieras conocerlo y llevarlo. - Eh... podría ser, podría ser, pero me conformé siempre. - Y ¿vives cerca o lejos? - Vivo aquí y allá, ando de pueblo en pueblo, recorro lo caminos, trabajo, viajo... soy un trotamundos. - Pero tienes una casa, aunque no lo sepas, y no la hayas visto.
Juan se sorprendía al reconocer que esa sensación le invadía tiempo ya.
- No conozco poseer casa, pero quizás un día encuentre una en que me encuentre confortable. - Así será, no lo dudes, esto te ha de suceder.
Juan se miró las uñas nerviosillo, pensativo, el miedo conocido le abandonaba, el sentimiento que aparecía, era desconocido para él.
- Tu oficio ¿cuál es? Quizás te importuno. - No tengo oficio, he trabajado aquí y allá en todo lo que he encontrado, pero no eché raíz en casa alguna. Me defiendo.
Silencio continuado. Al final habla Net.
- Ya lo tienes, pero deberás encontrarlo, seguro, lo encontrarás.
Net se levantó, su altura era con mucho vez y media la de Juan. Su mano, sobre el hombro de Juan, no pesaba, pero le cubría casi como un paraguas.
- Es tarde para mí. Debo ponerme en marcha. Bien Juan, espero que encuentres pronto tu casa, y tu trabajo. Sabrás tu nombre un día de estos. Te recomiendo que tomes el camino que ingresa entre los dos picos, sube fuerte hacia los altos, pero la vista te agradará, y del otro lado verás un valle amplio, en el encontrarás algo de tu interés. Adiós, te agradezco la comida y la conversación, estaba hambriento, y eres un buen compañero, lo demuestras. Adiós Juan Corban.
- Adiós.
Aquél adiós fue todo lo que pudo emitir. No podía más que ver el inmenso cuerpo de Net alejarse, retumbando en la cabeza la duda: ¿había oído Cobarde o Corban? ¿Qué sensación le recorría?

Dos días tardó en cruzar la sierra, y ciertamente era bella la vista, le recordaba algo lejano, se sintió cómodo e infantil en aquél camino de montaña. Descendía a media mañana hacia un prado enorme, en la misma boca del valle, cuando vió una mujer que corría, dando gritos, pero gritos alterados, sin miedo, con prisa arrollladora.

Alcanzó a distinguir algo en la distancia.

- ¡ ...vuelto... vuelto ... dios mío....! ... ¡ ... hijo del padre ... ! ... ¡ ... igualito ... avisad .... hermano ... !

Así reencontró Jean Corban unas cuantas partes de su vida: su casa; a su hermana Margot; la hacienda de su padre, el gigantesco Jean Corban, al que perdieron de pequeños cuando le deshizo un rayo enorme en el verano de 1949; su granja de caballos conocida en Europa por su nobleza; así entró de nuevo, tras haber olvidado de niño y recordar al llegar de hombre, tras 29 años de silencio, de oscuridad, de caminos, masticando lo imposible de evitar.

No le costó dos segundos averiguar cómo se abría el viejo cerrojo del portón de entrada. Conocía el truco y el chirrido.
Ya estaban los dos perros pastores olfateándole los pies.

No le costó dos segundos averiguar cómo se abría el viejo cerrojo del portón de entrada. Conocía el truco y el chirrido.
Ya estaban los dos perros pastores olfateándole los pies.




Paolo D'Alfonso




© lajoyadelnilo, 2008

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