16 mar. 2008

Tenterborh (44 cuentos)

Tentenborh.


fot. Tomas Kaspar


Si no fuese por el cariño que le tengo a mi abuelo Jorge, nunca les contaría esta historia del siglo pasado, pues me cuesta creer que pueda ser cierta. Pero el juró y perjuró a sus hermanos, y a mis padres y tíos, y a nosotros sus sobrinos, en la cena de Nochebuena, que era cierta como la cicatriz que guarda su espalda, de la coz de un ternero escapado, en su juventud.

Dice mi abuelo Jorge, que hará 111 años, vivió un leñador llamado Häns Tenterborh, hombre solo, venido del norte de Alemania, con dos cejas rubio-pardas pobladísimas, espesas, y un cuerpo de 2,10 metros de altura, un cabello que le llegó siempre hasta la cintura, dedos en las manos que nunca se separaban, dos pies que marcaban la tierra la hondura de un maíz, y un hacha de dos metros y 18 kilogramos de peso, que cortaba los abetos negros como si fuesen avena o trigo. Tenterborh no cenaba en la fonda del pueblo, pues mantenía el fuego en su casa, en la falda del Gran Rojo, el pico de 4755 metros, y un cerdo le duraba una semana. Así comía Häns. Pietro, el vinatero, le quería mucho, pues le encantaba saber que los toneles que le vendía de vino fuerte y oscuro, eran los predilectos de Häns.

Y, según mi abuelo Jorge, Tenterborh era muy tozudo y terco. No paraba hasta finalizar con éxito rotundo trabajo cualquiera que le encomendasen. Y este es el motivo de la historia de mi abuelo.

Un 12 de Febrero, el Administrador de la región de Young Lands, le encargó la tala de los árboles que recorrían el camino marcado entre el pueblo y la población cruce de caminos reales, Great Meets. Häns Tenterborh, orgulloso y brillándole los ojos, aceptó el trabajo, que le permitiría comprar los dos caballones alemanes que tanto anhelaba poseer. Y así comenzó el trabajo, día tras día, despejando el camino marcado por los camineros del Rey que, siempre silenciosos, esperaron a ver el momento en que Häns se enfrentaba al Gran Castaño, al Padre Viejo, al que llamaban Madre intocable, un castaño rotundo, sombrero gigante, a cuya base le calcularon ocho metros de diámetro, y más de veinte metros de cuerda, junto a una altura de 57 metros que se divisaba desde sesenta kilómetros. Las castañas del Padre viejo, habían alimentado a todas las generaciones que mi abuelo recuerda, de 12 pueblos en derredor.

Y Häns llegó a su pie, mirándolo con los ojos casi cerrados, calculando los miles de golpes que debería asestarle. El primer día, el hacha de Tenterborh entró un poco en el tronco, desprendiendo láminas de corteza y madera parda, que pronto se tornaba rojiza; el segundo día, el hacha se afilaba con un hornete que pidió le trajeran del pueblo, al tiempo que la madera se recrecía lentamente, allí donde el hacha estuvo. El tercer día, Häns Tenterborh se había afeitado la barba y cortado el pelo para que el sudor no le corroyese la piel, la camisa permanecía lejos, y dos tiras de estopa rodeaban sus muñecas protegiéndole del temblor del golpe seco. Los camineros que le observaban en silencio, veían amontonarse la leña blanca y parda, contrastando con el color oscurecido de la madera herida del tronco, que se enrojecía primero, y se engrisecía más tarde. El cuarto día, se levantó un vendaval, convertido a la tarde en tormenta, a la noche en huracán. Los camineros huyeron despavoridos al pueblo, perdiendo con el terror que les poseía todo cuanto llevaban salvo las ropas empapadas. Tenterborh, aparentemente inmune a todo, continuaba inundando el bosque con los golpes de su hacha.

El quinto día, amaneció como nunca soleado, sin viento ni nube alguna. Dos camineros del Rey, Franz y Thomas, volvieron al Viejo Padre a ver el trabajo de Tenterborh, pero no le encontraron. Ni en la fuente del Romano, a medio kilómetro, ni en la choza de descanso, donde solo estaba su camisa y tres cerdos deshollados y preparados para el fuego. En el árbol, tras rodearlo, vieron de repente el mango del hacha de Tenterborh, sin divisarse la cabeza de acero, engullida por el golpe en el portentoso árbol. Tenterborh, no aparecería nunca, nunca sabrían adonde fue... o nunca desde donde les contemplaba. Al atardecer, antes de volver al pueblo, casi no se veía el mango del hacha, hundido en la veta prieta del castaño. Y solo al día siguiente se dieron cuenta de que el castaño tomó un color pardo-amarillento, cerrándose definitivamente la corteza, como si jamás hacha alguna se le hubiese acercado amenazante.


(fot. Marek Kiedrowski)


Mi abuelo insiste en que en el pueblo se dijo siempre que a Tenterborh se lo comió el Padre Viejo, Madre Intocable. Lo cierto es que hoy el camino, bordea el castaño, y a su alrededor han crecido los negocios y una población. La sombra del castaño sirve hoy para reunir al pueblo cuando el alcalde les llama, bajo él se casan parejas venidas de lejos, y los bautizos se suceden habitualmente. Yo, creo que la historia de mi abuelo se la inventaron porque les gusta el árbol. Es curioso que haya nacido una parra de buena uva a su pié, que lo rodea por completo.

© lajoyadelnilo, 2008

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