18 mar. 2008

Oyabasee (44 cuentos)


Oyabasee.



gorila's mountain (middle africa)


Hellen Ferks entraba en los valles de Saie Nele, al oeste de Maputo, al trote del Jeep, de los baches, de las revueltas y retorcijones del llamado camino, entre las oleadas de polvo, y los olores de las hierbas, sorprendida, callada, pensativa, absorbiendo cuanto encontraba con los cinco sentidos.
Ya había perdido la sensación y el olor sintético del avión que le trajo desde Frankfurt. También quedaba atrás un gran cúmulo de obligaciones, de días de ansiedad, de rutina y enclaustramiento en su mundo personal, repetitivo y cíclico. Sabía que algo que desconocía le esperaba ahí, y debería pensar muy, muy pronto, en formular cómo mantenerse personalmente, subsistir, independientemente de Harry.

Harry le avisó. Allá, en la estepa de Oyabasee, era donde un neurobiólogo estuvo quince años perdiendo el tiempo, la salud, y mucho dinero, porque creía que solo allá tenía poblaciones de estudio que no estaban contaminadas por la degradación, por influencias humanas, por modificaciones del ambiente: allí estuvo fijándose quince años Felbs Trevatsky, nacionalizado norteamericano, en las poblaciones de papiones, en sus comportamiento oscilantes, en su stress, en varios asuntos propios de locos como Trevatsky. Los brujos de Oyabasee, Saie Nele y Maiu-Nele, ignorantes de ello, poseen conocimiento inconsciente de una parte importante de nuestras vidas, porque conocen bien, muy bien, a los papiones.

Harry, era el antiguo y fugaz amor, compañero, y pelea, de Hellen. Ahora solo le brindaba la oportunidad de acercarse, casa, comida, y ser su guía y presentación cuando fuera necesario.

Nou, el chófer de Mambassa Travels, giró rodeando un bosque de acacias, y enfiló la maleza, hasta introducirse milagrosamente en un invisible agujero de vegetación, cortando con el techo del vehículo las hojas más recientes del interior del conducto vivo. A través de 500 metros, el Jeep se movió como en el intestino de una boa, hasta salir a la luz del estómago: un claro mostraba al final las construcciones de la explotación en que se encontraba Harry.

Se detuvieron junto a la cerca: tres caballos pastaban bajo la sombra de un enorme baobab. A Hellen le recibió Maune, la mujer de un poblado de la estepa de Oyabasee, que ayudaba a Harry: de tez chocolateada, cuerpo goloso y redondeado envuelto en una pieza colorida a rayas, alegre y brillante. Le habló en un inglés cantarín y lleno de risas, llevándole a conocer toda la casa, su estancia, los retretes, el baño del boss, la estancia de trabajo, los almacenes, lo que ella llamaba el “book garden” del boss, y la estancia que utilizaban como escuela para los 67 niños que acudían allá todos los días.

Hellen se retiró a la tarde: hasta dos días después no volvería Harry de hacer mercadeo en la capital. En la penumbra de la inmensa sala común, sentada en un hamacón, acompañada por el inteligente silencio de Maune, comprendió que aquello que tantos años estaba buscando, intentando encontrar desesperadamente investigando, reflexionando, en la voz de otros, en los estudios... podía encontrarlo de forma inesperada ahí, sin bombo ni platillo, sin grandes alegrías: empezó a oler la verdad adherida a pie de tierra, en un lugar donde cuanto ocurre bueno o malo, ocurre sin la convivencia con el poder económico, con expectativas, con la presión del pasado, con los miedos y las dependencias. En Oyabasee no iba a encontrar masas de gentes inteligentes, profesionales, en un río de sinsentido común. Maune le dijo que sí, que a la mañana, cuando fuese buen momento, iría con ella a ver a Atthoto Asu, brujo mayorcete y un poco borrachín, pero listo y muy sabio. Era el hombre con quien Harry tanto hablaba, con quien se iba, solos, andurreando por la estepa, solos, con los apreciadísimos prismáticos de Harry.

Maune le previno: “si íba a visitar a mister Atthoto, tendría que llevarle algún licor (y el ron es lo primero para él) y disponerse a comer con él, a pasar toda la tarde, cenar, aguantar el frío de la noche, y dormir cuando él lo ordenase”. Ella no tenía problema en mantenerse despierta, su vida entera había sido así.

En la sala de manufacturas, seis mujeres hablaban y se miraban risueñas, manejando las bolsas de hojas medicinales secas. Tras ellas, dos hombres jóvenes escuchaban las órdenes de Maune para el día siguiente. Uno de ellos les llevaría a Maune y a Hellen a ver a Atthoto. Las seis mujeres arroparon a Hellen esa noche. Le tomaron el pelo, le dijeron que era una mujer muy apetecible, guapa, de ojos interminables.

- “Si yo tuviese tu mirada, llevaría detrás de mí a todos los hombres de Oyabasee”.

Hellen pensaba en su interior, en los sucesivos hachazos que tuvo en su vida personal: uno tras otro fue enterrando todos los hombres, a los que sedujo con su encanto.

Las 6:30 horas de la madrugada es el momento del arranque de una actividad lenta en la explotación: solo Maune y un pequeño que la acompaña, hacían ruido en la casa, preparando un desayuno comunal de leche de cabra y mijo con pan de raíces, y el café europeo con galletas de Hellen. Durante el desayuno comenzó a percibir la intensa actividad que se desarrollaba todos los días en aquella explotación. Las mujeres, se sentaban alrededor de la inmensa mesa, suavemente daban a entender qué y qué no tendría lugar esa día, cuál de los niños tenían que vigilar, cuál estaba enfermo, qué madre venía, cómo se encontraba el almacén de sacas, quien estaba en los depósitos y pozos arreglándolos...

Muk estaba sentado frente a un Land Rover blanco y viejo, comprado a las UNPROFOR hacía tres años, que no había visto Hellen, esperándoles. Sonaba bien el motor, aunque Hellen sabía por el sonido que los cambios estaban deteriorados. Pero habían modificado el interior, con protecciones, almohadones, y un equipo refrigerador autónomo anclado en su parte trasera, que no hacía mucho ruido, pero movía mucho aire.

Entonces conoció por vez primera, tan cerca, tan tranquilos, tan descarados y observadores, a los papiones, los portadores en su vida, sin saberlo, de alguno de los secretos que los mejores médicos europeos no habían podido desvelar en 300 años de investigación. Ahí estaban, desperdigados, en grupos, ocultos, oteando el vehículo. A lo largo de las noventa y tantas millas, comprobó que algunos grupos se encontraban entre sí, y se oía alguna pelea, pero no podía desde el asiento saber ni ver más que esa imagen.

Maune le dejó junto al Jeep, dirigiéndose a la choza paleolítica de Atthoto. Media hora después, aparecían Atthoto y Maune, Maune le explicó que Atthoto hablaría con ella, asegurándole que intuía que le iba a aceptar con ella, pero -entre risas- se iba a preparar una o dos horas por lo menos, como las mujeres, para estar presentable e impresionarle a Hellen.

- “Atthoto sabe comportarse, es muy respetuoso, y sabe que una mujer gusta de la buena presentación”.

Maune le cogió de la mano, llevándole por un caminito diminuto, bordeando la choza de Atthoto: le mostró, más allá de la casita, una terraza en la loma, cuidada, señalada claramente por Atthoto. Ahí le llevaría a Hellen, nadie podría acercarse, ni molestar, ni hablar, ni mirar. Hellen se despidió de Maune y cogió la cuerda que le ofreció Atthoto, siguiéndole, sin poder verle todavía los ojos pero confiada y segura de que ese hombre le devolvería la ilusión de encontrar cuanto buscaba.

Se sentó, frente a ella, manteniendo una cacerola con incienso y otra con narhi, algo parecido al thé, junto a ellos, manteniendo las esteras de paja que frenaban el Sol y les daban sombra cerradas, creando una agradabilísima atmósfera de.... intimidad y amistad.

Entonces fue cuando levantó el rostro y miró a Hellen. Hellen supo que en ese momento le abandonaba para siempre el orgullo, la necesidad de esconderse, cualquier artimaña, la mentira, todo le abandonaba. Aquel hombre sin ropas, delgado, silencioso, no tenía necesidad alguna que intercambiar.

Y le proporcionaría la llave que buscaba, sin que el miedo se presentase en ningún momento.

Hellen se dispuso a dejarse llevar por aquel hombre, y escuchar, lenta, lentamente.

© lajoyadelnilo, 2008



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