10 mar. 2008

la hoja (44 cuentos...)

La hoja


fot. Rarandra Pakarsa

A la noche, recogiéndose del frío, Magdalena entraba en casa, brillaba el mesón de la cocina, atizaba el fuego, limpiaba la falda llena de briznas del pajar, y reposaba la mochila de herramientas en el aparador. Miraba unos instantes por la ventana al camino que llegaba del prado, con la arboleda al fondo, oscureciéndose. Magda, sola, comenzaba con las cosas que le entretenían: alisar las ropas, escribir quizás alguna carta a sus amigas de la ciudad, calentar el baño lentamente... y jugar a sentir aquello que se le había ido. Josuel era el rastro, la huella, el estigma bendito, la marca indeleble del amor que un día desapareció, en una ladera del bosque, donde las almas de los grandes pinsapos se ven heridas por las hachas de los leñadores. Esta vez fue la madera la que hirió de muerte a su amor.

Los años duermen aquéllas lágrimas que se vierten: ahora Magda poseía un recuerdo, una amable vista de su rostro, un eco de la voz que le hablaba para decirle te quiero. Pero no encontraba en ningún sitio la sensación, el escalofrío. Nueve años atrás, plantó un tulipo sobre su amor. Y éste era el año en que había visto florecer pleno el árbol, con su bella hoja cortada al frente, y sus flores cayendo al final del verano. No encontraba manta más abrigada para el lecho de él, ni más limpia y cariñosa sábana, que las hojas y las flores del tulipo, revueltas, esparcidas, cayendo locamente si orden ni concierto, extendiéndose conforme avanzaban los días camino del otoño.

Josuel bañaba el cazo de sopa, manchando su buzo rojo de goterones, mientras ella jugueteaba y le preparaba un collar de cuentas hecho con cecidios de roble, frente a él, riéndose de las payasadas que hacía el niño.
Miró a su derecha, a la ventana doble que abría la cocina a la luz del prado, viendo que estaba un poquito abierta, mal cerrada, dejando introducirse una corriente que trajo el olor de las flores del tulipo.

Se levantó, mirando el fuego responsablemente, apoyó la mano en el gozne, queriendo cerrar la ventana, sin lograrlo. Sus ojos vieron el borde de una de las puntas de una hoja amarillenta, adentrándose en la estancia, todavía atrapada en el canalón de la ventana, y a través del cristal, el otro borde y el peciolo de la hoja. Sin saber que lo hacía, sin fuerza, sin ruido, abrió la ventana justamente para recoger la hoja que intentaba entrar en el hogar esa noche. El olor del tulipo invadía la cocina, ausente ninguna brisa, en una calma abrumadora. Magda tenía la hoja escondida entre las palmas sudorosas de sus manos, calentándola, cubriéndola, el nervio de la misma se añadía a la raya de su palma, y el calor recorrió su cuerpo, atravesando sus brazos, sus hombros, su espalda, llegando a los pies. Tuvo que descalzarse, esa noche tuvo la sensación, el sentido, el olor y el sonido, la visión y el pálpito, el tacto y la intuición, el recuerdo y el presagio, la noción y el sobrecogimiento. El estaba con ella y no tenía la intención de irse, de ser olvidado, de ser apagado. Las dos láminas a ambos lados del nervio, temblaban entre las manos de Magda: la dejó ir, sin cerrar esa ventana hasta el amanecer. El día siguiente Magda vería los campos que les rodeaban, amarillear al tiempo que las amarillas mariposas de Agosto escapaban de entre las briznas. No todas, alguna quedaría ese invierno, inmutable.

Josuel reía a borbotones, ¿a sabiendas de qué?. Se apagó primero la luz de la cocina, después se apagó la luz de la escalera, y la última la del cuarto de Josuel, dormido este. No se apagó en toda la noche el farol de Magda, arriba, en el ático, donde quedan las ropas guardadas, los muebles encerrados, y todos los cubiertos y platos que no se han de manchar.

© lajoyadelnilo, 2008


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