6 mar. 2008

Oölsen, el jardín de hielo (44 cuentos...)

aquí dejo otro cuento, ya faltan pocos para estar completa la 44ªserie....

Oölsen, el jardín de hielo


fot. Emrah Icten



La casa de mi tía Erika fue mi pasión desde chiquita. Tengo enterrados dos relojes de mi adolescencia bajo dos tinajas de mi tía: el reloj de arco iris que me regaló mi hermana Ouldi cuando hice los 10 años, y el relojito de cadena de madera que me dió mi madre, de mi abuela, cuyo tic-tac blando y tranquilo me emociona, me recuerda al corazón de mi abuela, latiendo bajo su ropa negra cuando me agarraba para besarme, a la par que hablaba y nos ordenaba recoger los patos y cerdos.

El desván, amplio como la planta de la casa, tenía tres ventanales. Uno daba al río, siempre lento y frío, vigilado de pinos apretados, donde me bañé desnuda con mis colegas de la Escuela Superior la primera vez en mi vida: lejos, en el meandro más grande, conocí a Stegard, mi primer amor, mi primer novio, el amigo desconocido, nervioso, la primera pura aventura completa, sin los problemas de la edad adulta, con todas las posibilidades en nuestras manos. Otro ventanal mostraba la ciudad, sus copas afiladas de teja negra y roja, la infinitud de caminos entre las casas, la carretera arbolada y el lago helado. La noche nos permitía hablar y hablar, fumar nuestros primeros cigarros, cuando acudíamos a la casa de la tía, y dormir con el rubor en la pared del desván de las luces que llegaban desde la ciudad durmiente. El tercer ventanal, miraba al jardín, un cuadrilátero de grandes dimensiones, donde Erika luchaba año tras año por hacer prosperar todos los injertos, plántulas y brotes que introducía en invernaderos diminutos.

Ese jardín fue el lugar donde conocí y donde perdí a Niels. Y donde conservo, todos los inviernos, su aliento, su alma, recogida en la fuente central, donde me hizo promesa de amor. ¡Qué romántica me pongo al pensarlo!

Niels apareció un día de la mano de mi primo, era un nadador consumado, bastante atlético, de pelo negro. Cuando entró por vez primera, su mirada y la mía, ambas, cruzaron el jardín, entre todas las hojas y arbolitos, y se encontraron tranquilas, silenciosas, sin duda, orgullosas del cruce, deleitadas, pero respetuosas. Lo menos treinta veces nos encontramos, en el pueblo, en el jardín, en la casa, comiendo, comprando. Todas ellas supimos que éramos partes de un único ingenio.

En el jardín de Erika nos señalamos para siempre. Allá, en la fuente diminuta, nos dimos el uno al otro el primer beso, el auténtico beso que he dado y he recibido, sin farándula, sin mentiras, con un realismo que embargaba. Allá quedó, en todos los rincones en que nos tumbábamos a hablar incansables, una parte de nosotros, un trozo de nuestras vidas, un sonido d e nuestras palabras. Allá permanecen luces de nuestro romance invisible para todos.

Nada le digo hoy en día a mi tía. No lo entendería. Elle se vuelve loca cuando llega el invierno, el hielo cubre el jardín, los arbolillos, las matas, las piedras, y aparecen en el brillo interior de las suaves ondas del hielo, los destellos de luz de arco iris, incluso en la noche. Dice que algo tiene el jardín, que está embrujado, que algo radiactivo sale del suelo, que un día va a llamar al Instituto Geofísico, que venga algún técnico del Gobierno a medir la radiactividad.

Pero más le asusta ver la fuente, que yo sé llena de nuestras voces, luces y besos. Resplandece el hielo que la cubre, de noche su luz se mueve fantástica, suave, apagándose y encendiéndose, real, en una sola pieza. Y yo, en silencio, reconozco orgullosa lo que quedó inmerso en la humedad de ese jardín, de nosotros, tras perderle para siempre, cuando la guerra arrebató tantos y tantos seres de los brazos que estamos aquí.

Niels dijo la verdad, formábamos una sola pieza, un solo ingenio, y el hálito dejado por nosotros, vuelve y vuelve todos los inviernos, reflejándose en el agua helada que todo lo atrapa.

© lajoyadelnilo, 2008

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