19 mar. 2008

La posada (44 cuentos)



La posada.


Tony Georgiadis




Perks Sampton, en su apartamento de Brighton, prepara su maleta, al igual que Sarah Erlington lo hace en su casa, al borde del Loira, en el 2 de la rue la Forêt. En Oporto, Marthe y Anton, colocan al pequeño Grigo en el automóvil, rodeado de maletines y bolsas blandas, camino, también ellos, de la Posada Paix en Champs, al sur de Francia, donde recurrentemente vuelven a pasar una semana, y reencontrarse ¿quizás? con el coronel retirado Perks, o la sonriente profesora de música, Sarah. O quizás con Pedro Arlabán, el malagueño artesano.

3 de Agosto. Las cuatro horas de la tarde caen lentas y removidas por el viento que cubre de norte a sur la carretera que llega a la posada de Marie. El largo alerón desconchado repleto de colgajos con velones, con el azul pálido pintado en alto, y el blanco fuerte en el cuerpo de la casa, hasta el tablado, el portillo, el cenador y la portada con los flores siempre al borde de los pies que suben los escalones. Grigo está dormido entre bolsos. Marthe busca en el auto su manta de vieja (así dice ella) para colocarla en los hombros desnudos al salir del coche. Anton frena y detiene el vehículo en el antiguo corral, ahora abierto y entejado. Han llegado. Las ventanas abiertas del ala oeste, muestran la habitación en que siempre descansan en casa de Marie, su anfitriona.

Y ya se huele, muy probablemente saliendo el aroma por la rendija superior del ventanal de la cocina de Marie, el rastro un pelín quemado con azúcar de mermelada de cerezas y menta, y hasta el rastro de pan tostado con aceite. Marie no les dejará desplegar sus bolsines, sin antes sentarse hasta la noche con ella, y dejar sus voces en las paredes de la cocina.

Anton reconoce el coche del coronel Perks, y ve que falta la bicicleta que el viejo militar lleva por las tardes hasta la falda de la montaña donde se suele sentar a hablar solo. Se adelantó. Su ventana está entornada, y un pantalón de campaña cuelga del alféizar, sujeto por unos binoculares.

A las nueve y media de la noche, con el calor del campo entrando por el ventanal, y el silencio del atardecer en los rincones, se unía Sarah Erlington a la cena: el alguacil le acercó a la posada, tras dejar el tren a 22 kilómetros. Todos se sentaban a cenar con Marie. Gallina con verdura y pastelitos hojaldrados de manzana y cerezas. Marie estaba contenta, sonriente, desplegando sus chistes inéditos, brincando de la alacena al fuego. A las doce de la noche, tras haber dormido a Grigo, los cuatro huéspedes recibían las sábanas de Marie, y se despedían cansados de ella, oliendo la mezcla de la madera de las camas, las sábanas y el calor de verano.

Dormía la casa.... salvo en el segundo piso, en la habitación de Marie, reunida...

La mañana en Paix aux Champs es fresca, saliendo el Sol en la única hendidura del bosque, frotando los ventanales de las habitaciones de Perks y Sarah, la cocina, la despensa, y las habitaciones del segundo piso. Las ventanas del primer piso se abren con el despertar de sus inquilinos. La central del segundo piso, se cerró hará una media hora, antes de la llegada de la luz. El desayuno avisa por los pasillos: pan grande tostado, con queso, aceite y mantequilla, chocolate ligero con menta y una rebanada de jamón braseado. Las voces se suman en la cocina, los planes se despliegan, el maizal, la montaña, la vereda del río... se abren las mochilas y se llenan de zumo de limón, pan, embutido, tomate, sal y filetes albardados con capuchas de pimiento.

La bicicleta chirría al dejar la posada el coronel, y los gritos de Grigo, corriendo por el ancho camino del maizal, delante de sus padres, abandonan el pórtico. Hasta media mañana, Sarah estará hablando de sus amores con Marie. Antes de apuntar alto el Sol, se irá caminando al río, con la mochila y una novela de Marie, marcada ya. Marie sabe que ese primer día no volverán a comer, y Pedro, el malagueño, solo vendrá al día siguiente. Se desvanece en la casa, subiendo al portillo, a la terraza sin salida, donde domina Paix aux Champs.

Marie no sale nunca de la casa, no es necesario, su casa es su ser, su forma de ser, su forma de dar. La noche es su íntima amiga, con la que se encuentra, salvo algún día tormentoso, en que algunos seres merodean, y la ventana de Marie se cierra, mientras ella mira la noche desde su interior, pensativa, concentrada y cabizbaja.





© lajoyadelnilo, 2008

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