22 mar. 2008

el triste aprendiz de chamán (44 cuentos)

El triste aprendiz del chamán.






Es imprescindible reflexionar sobre este hecho, porque no podemos pasar sin repetirlo alguna vez en la vida y ocurrírsenos que es un verdadero peso para quien lo sufra.

Yo me pregunto: a quien va a pescar en alta mar, con sus manos humedecidas por la sal ¿le enseñaríais a tocar un violín? A quien tiene por futuro pintar, explotar sus manos, su creatividad, ¿le enseñaríais a contabilizar ? A quien necesita a los niños, enseñar, hablar y preguntar, contagiarse de los demás, ¿le enseñaríais a filosofar, a meditar, a recluirse como monje?

Así hicieron con aquel aprendiz: el chamán, voluntarioso, experto, honrado, hábil y experimentado en la palabra y la mentira, en la locura y el desvarío, en el trato, en la cura, pronto descubrió las cualidades brutas de su aprendiz, su fortaleza ante la mentira, ante lo doble, ante lo borroso, su capacidad para dejar que la tinta le manche, sin mancharse sus ojos. Pronto hizo de su aprendiz un laborioso y rápido estratega, dispuesto y disponible a ser un futuro chamán, dispuesto a los años de esfuerzo, de aprendizaje, de técnica.

Iniciaron su enseñanza sin interés, tornándose en pocos días en una firme y cercana tarea de mejora continua, de logro en la habilidad, de seguridad en la fortaleza mental, de aprehensión de la humildad, y firme decisión de no interesar lo propio en lo ajeno, cuando de romper mentiras se tratase. Así fortalecieron todas las prácticas, unas tras otras: el silencio, la escucha inconsciente, el olvido con propósito, la atención dispersa, la duda al azar, la duda de lo maravilloso, la percepción del timbre de las voces, del recorrido de la mirada, de los tiempos utilizados, de las palabras escogidas, de las palabras no encontradas, de todo el arsenal de armas y herramientas, artimañas y malicias, graciosas y burdas, que todo ser humano, puede llegar a labrar para su propia equivocación, y a encontrar bajo todo ello siempre, el ser ansioso y preocupado que se oculta y se revuelve.

Cuando el aprendiz estaba fuerte, descubrieron que no era su futuro el que estaban trabajando, pero... ya habían sobrepasado un límite invisible pero sensible, que no puede ser devuelto a nadie. Él, así, hasta ahí enseñado, ya no podría mantenerse al margen de una actitud propia de un religioso, o de un chamán, o de... ¡sin serlo ni querer serlo! Siempre debería mantenerse sin egoísmo, y apartando su propio corazón, su propio sentimiento, su único sentimiento, frente a aquello que se encontrase.

Y así fue. Unas cuantas veces, la mirada que intenta ocultar, le delató: atrajo a a quienes requieren espejo que les permita encontrar aquellas cosas que duelen sin verse, y se tuvo que ver con ello; y, cómo no, quien iba a pensar que no ocurriese así, se tuvo que encontrar enamorado, y siempre así, con ambas manos, sosteniendo en una el afecto, en otra la honradez, y siempre realizando el mismo gesto. Con una mano, dejar caer el Amor, con otra, limpiar y dejar la luz, las palabras que, a veces pronto, y casi siempre tarde, ayudan a que el espejo brille e indique lento y duro, fiel a la realidad, lo que interesa a quien lo mira.

Hoy, el aprendiz, maldito de por vida, quemado en sus entrañas, cansado, hastiado, ha ido a buscar como borrar violentamente y para siempre su inicio, su bautizo. Busca decidido, sabiendo que lo encontrará, que lo obtendrá, que ingerirá lo necesario, que realizará aquello le permita al precio exigido, devolverle a la seguridad, a la inocencia, a la bondad, al sosiego y a la libertad de vida de quien no tiene que profesar aquello que no profesa. Aquello que no conoce.

Quizás, y solo quizás, alejarse de todos los sitios donde hacen falta personas-espejo, sea la solución perfecta, la respuesta sencilla, la mejor salida de uno mismo, cuando no hay que salir de ningún sitio, por ninguna puerta.

© lajoyadelnilo, 2008

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