21 mar. 2008

el lago mágico (44 cuentos)

El lago mágico.



Mr. Belbú viajaba de vuelta a Italia en el barco, el Majestic, pero no tenía pasaje de crucero: él, sin su mujer, volvía de una isla en Borneo, tras haber hecho el viaje desde Italia, solo, recorriendo tantos kilómetros con el propósito de acudir a la recomendación que le hizo su médico, Vito Perandri. Y la historia es tan curiosa que se grabó en mi cabeza con todo detalle, pese a lo atolondrado de la forma de hablar del señor Belbú.

Acudió un día de primavera a consulta, harto de su enfermedad, el despiste. El del señor Belbú, era descomunal, por lo que el contaba de sí. Como comercial, varias veces se había “quedado” a dormir en casa de algún o alguna cliente. O se encontró con quien deseaba pagarle después de más de un año de esperar la factura. O dejó su coche en marcha en las afueras de Verona, frente a una estafeta, hasta agotar la gasolina dos días después, encontrándolo “tal cual”, pero parado. Varias veces dejó a su hijo pequeño, en el colegio, pero en el de Santa María Redentora, o en la Escuela Técnica de Administradores del Estado. Cocinar, o prepararse el desayuno... bajo vigilancia de su mujer Giulietta, para evitar visitas al hospital.

El doctor Perandri, temblando por lo peligroso del viaje en el caso de Belbú, le recomendó acudir a un lago que se halla en Borneo: el lago de Danao Ahopang, subiendo hasta una pequeña población maderera, Kotabangún, siguiendo el cauce del Mahakam, y abandonando los primeros lagos. Oculto en el total desorden de la selva de Borneo, esté lago, le dijo, está bajo el poder de un brujo indígena, que lo dedicó a la limpieza de “males”: con solo mirar a sus aguas, y bañarse en él, los que acuden a su orilla se ven libres de ellos.

Así hizo Belbú. Y el viaje fue más que el temblor de su doctor. Llegó al este de Borneo, a Balik Papan, en el "Hakabunu", un carguero indonesio, pero por equivocar el embarque. Dejó la mochila y el equipaje en el mismo puerto al llegar, en un bote salvavidas de la patrullera del puerto. En vez de coger el jeep que alquiló, se montó en una avioneta que le llevó más al Este, a Sangkulirang, donde tuvo que coger otra avioneta que le devolvió al origen.

De uno u otro modo, llegó. Contrató un indígena y un guía indonesio, que le acompañaron hasta el lago a lo largo de diecisiete días de desesperación de estos dos ingenuos.

La mujer del brujo, una oscuridad andante, cubierta por un pelo gris mate, deslizándose sobre sus pies de caucho desnudo endurecidos, le recibió sin mirarle bajo un techado que protegía de la desecación un preparado grumoso verde y blanco, que reposaba en una plancha gigante de madera. Le dio a probar, en una hoja larga y acanalada, el attaab, el ungüento verdiblanco, que al parecer era un preparado alimenticio de alta calidad borneana, el cual subió la temperatura corporal de Belbú casi hasta el punto de ebullición de las uñas, a la par que notaba como el sudor le caía en torrentes por las piernas y las axilas. Después dejó de sentir calor, se notó extrañamente fuerte. ¿Quizá era algún alucinógeno, algún tipo de medicina psicotrópica que le descontrolaría? No se notó mal. Ella le indicó, el camino, el lago a otro lado de la senda. A la noche.

Sí claro. A la noche. Por supuesto que él, en ese momento, ese día, a esa hora, tras 170 kilómetros de marcha bajo el sol en un jeep desvencijado, y 12 kilómetros por la selva, charcos, aguas repletas de vegetación fibrosa, no estaba dispuesto a dar un paso.

Belbú se levantó a la noche, miró detrás de él, y los ojos de la preparadora de ungüentos, le miraban tras un fuego que iluminaba el techado. Le sonrió, indicándole el camino. No sentía frío. Se quitó la que fue camisa, y era un harapo sudado y viejo. Recorrió con un candil enorme que le dio la vieja, el camino. Era fácil, abierto y poco empinado: en cuanto superó la loma, encontró el reflejo de las aguas, y la línea que marcaba la Luna dividiéndolas. Se dirigió al punto en que la línea desaparecía en la orilla, dejando el faro portátil en el borde. Sin pensarlo, se encontró desnudándose, avanzando en el agua, hasta que su rostro se encontró a 20 centímetros de la luz de la luna, y al mirar la piel de plata del lago, encontró sus ojos mirándole, hablándole de todo aquello que nunca había oído. Pudo estar... ¿dos horas? No lo sabe, sabe que amanecía y se bañaba feliz, sabiendo que nunca tendría un despiste. No lo necesitaba. Había disuelto en el lago toda una piel de sordera y ceguera voluntaria, que no recordaba desde cuando vestía.

Comió a la mañana con el brujo y su mujer, el indígena y el guía. El brujo se reía a veces, mirándole. Belbú supo que ese hombre le había observado toda la noche, le había escuchado. Solo un hombre que le hubiese escuchado esa noche, se podía reír como él: nunca hubiese necesitado palabras para saberlo.


© lajoyadelnilo, 2008

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