14 mar. 2008

Capitán Abouk (44 cuentos...)


el capitán Abouk vuelve a casa.


fot. Chuck Babbitt



No es orgullo del pueblo, ni hacer patria, pero es la verdad: Milked Hills es un pueblo con tradición de capitanes, de marinos sin romanticismo, duros y trabajadores, a los que se ve cada diez o quince años, cuando vuelven de dar varias vueltas al Mundo en que vivimos. Ahí está el recuerdo de Farland, el impecable Jim Farland, marinero de cubierta desde los 16 años, soldado a los 18, a los 19 y 20 maquinista, y a los 23 llevando el Warriors Wings, con 18 pies de calado, rebosante de fuerza en sus velas. O para más solaz, me acordaré de Graham Denawaare, al que llamaban mis abuelos el “Aguila del Mar”, porque levantaba el viento cuando atracaba veloz, sin siquiera tocar el martillo de madera del puerto, que esperaba a su buque. Y debo decir que Neill “Brazosrojos”, Finck Joshua Gallagher, y Vincent Strapoulos (el hijo de la griega y Stuart, el herrero) fueron tres de los capitanes más conocidos en todo el estrecho y el mar del Norte: nunca fueron pasto del Tremble, el viento del Norte sobre la costa, ni de las rocas, ni del raque.

Jan Abouk es una historia opuesta, una mención en contra, un blanco sobre negro, pero, entiéndanme, no por haber sido malo, o estúpido, o mal marino, o violento... no, no, no lo piensen jamás, nada de ello puede ser propio de Jan Abouk. Es otra índole de ¿característica?, o de ¿explicación?, o ¿cómo podría decirlo, si no se puede ni aceptar que ello sea algo real? Jan Abouk se define cuando se conoce cual era su hogar. Abouk no guarda apellido conocido, su nombre es memorizado, pero su apellido no está ni entre los pueblos del interior, ni hay marino que sepa de su familia o su pueblo, o antepasado. Abouk es, no un paria, no un huérfano, no un proscrito, no un desterrado.

Sí lectora, sí. No pretendo desvelar tu sueño más que lo justo para adormecerte de nuevo, pero Jan Abouk tuvo que ser hijo de la Mar. No nos cabe otra posible historia, ni razón, que ésta. Su madre es la Mar, y él es el único hijo conocido de la Mar (aunque tras esto ya no me sorprende oír algún día en el futuro otro hecho tan inverosímil como este). A decir verdad, y a la vista de cuanto y cuantos le hemos visto volver a su hogar, si así se le puede llamar, él es el Unico, y ella es su eterna Madre.

En Milked Hills, la vuelta de Abouk la llamamos “el caracol”, los marinos extranjeros lo llaman Maëlstrom, los escoceses dicen que ése día, “la Mar bebe hasta emborracharse”. Y nosotros sabemos, para nuestro fuero, que Jan Abouk, tras viajar, vuelve a casa, y como quien se bebe un búcaro de cerveza negra, él recorre la serpiente descendente de aguas furiosas que descienden hasta el horror negro del vientre marino, girando él, su barco, sus velas, y su voz cantando delirante, a la par que los mástiles giran en el agujero espiral absorbente como la aguja de un gramófono, oyéndose su voz por encima del bramido de vientos y aguas. Los foráneos dicen que en este pueblo somos tranquilos, que no tenemos temor alguno, que no nos preocupa desastre, ruido o provocación. Y deben entender que, Jan Abouk nos ha enseñado a no temerle a nada.

La primera ocasión, el año de las sequías, creímos todos haber visto desaparecer para siempre al marino que no conocíamos de nada, que vino y se fue, pero toda creencia desapareció seis meses después cuando se levantó de su sueño. Abouk brotó de la mar a las diez de la mañana gritando a su tripulación, en ruta al Norte. La siguiente vez, todo el pueblo corrió por la ladera de la playa de los Albatros, a disfrutar ese domingo, del ¿atraque debo decir? de Abouk, olvidando el mercado y el circo de títeres venidos de Leabock. La tercera le esperábamos avituallados en el mejor alto de la costa, con la mejor vista del espectáculo, avituallados digo con los diez barriles de cerveza que regalaron para el momento la cofradía, el alguacil, el molinero y el tributador.

Todos los años se revuelve el pueblo, y ahora también las gentes de Summertrees, Lovelock, Leabock, y hasta alguno que se acerca desde Bath y Southampton, amigos del alguacil. Y Jan Abouk, fiel y puntual, serio y dominante, vuelve a dejarnos ver aquello que nos impide temer nada en esta vida, y en este mundo: su graciosa forma de atracar en el seno de la Mar, donde se reencuentra con su Madre, y su impetuosa forma de salir de casa a trabajar, levantando olas que nos traen hasta la costa los restos de la comida que le habrá preparado su madre: algún diente de tiburón, caracolas brillantes llenas solo ya de sal, y algún transparente violín de calamar gigante.

© lajoyadelnilo, 2008


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