19 mar. 2008

Diez días de silencio (44 cuentos)



Diez días de silencio.


Maciej Tomczak



En el Tíbet, en el pequeño templo de Sam-Ama, un monje europeo, recluido por amistad con el sacerdote mayor, vivió durante 22 años practicando una vida rigurosa, trabajando al ritmo de sus compañeros de morada, comiendo la misma sopa caliente, el pan de mijo y con una sola vela en su habitación, durmiendo con una manta simplemente, pero manteniendo un rito aparte de la congregación budista que le acogió.

Todos los años, durante diez días, se dirigía al alto del Mount Nude, guardándose del frío y la nieve con su manta, y con el solo fuego de la leña que por las mañanas recogía en las laderas. Llevaba consigo un vaso metálico con el fondo agujereado, una delgada cuerda para remontarse hasta los nidos de las águilas, un cinturón corto y estrecho, un taburete con dos patas, un plato diminuto de hoja de sésamo, unas alpargatas de barro cocido, y las gafas que le regalara un turista años ha.

El dice que prefiere no olvidar sus años de errores en el pasado: no desea volverlos a encontrar un día del presente. Por eso, durante diez días, bebe la poca agua que no pierde el vaso, recogida tantas veces como puede de la ladera; trepa a los nidos de las águilas en busca de huevos, valiéndose de su posible valía y de una triste cuerda que, sabe bien, no le ayudará; se ata la manta al cuerpo con un cinturón que casi no se cierra, y se le clava en el vientre, sin dar cabida a ningún posible descanso o bienestar; se sienta en un taburete inestable, que nunca le deja de tirar al suelo, sin perder la paciencia; come en un plato diminuto, que se convierte así en cuchara; se calza unas alpargatas de barro cocido, frío y húmedo, que son como pisar la tierra fría siempre; y se cubre con unas gafas veladas que le ocultan la única vista que podría desear, los altos montes del Tibet.

355 días al año, dirige su empresa desde la celda, desde un pequeño ordenador portátil, y todos los meses cobra los pocos yenes necesarios para pagar su habitación. Su nombre, André, solo significa algo para su apoderado en Francia, que le recuerda alto, trajeado, fuerte, orondo, enérgico, cruel, frío, implacable, y solo, siempre solo.


© lajoyadelnilo, 2008



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