19 mar. 2008

Conversaciones a la noche, o Elmo y Riela (44 cuentos)

Conversaciones a la noche.



Jim Salge





- Estoy cansado, Elmo, he tenido un día atroz, imparable.
- Vale Riela, vale, descansa pues descansa, tienes la madriguera para tí, estaré aquí en la boca, atento. Tú descansa que pronto nos tenemos que unir, cualquiera de estos días.
- Sí, eh .. a ver? deja que te quite esos piojitos ahí, en la nuca... rthtth thr rht rht, ea, ya está.
- Hum, bien bien, me gustó.
- Me bajo a la cámara. Adiós Elmo.
- Adiós, ricura.

Elmo se tumba tras cuatro o cinco círculos, olfatear en derredor sin descanso, a la par que la luz violeta y el fondo de hoja y viento suave de fondo se impone, en la noche de esta Primavera.

Riela es joven, pero tiene el pelaje de una zorra fuerte y en edad de hacer camada con un macho. El la conoció cuando estaba subiendo la Luna, hará unos días, y se encontraron a gusto muy rápidamente. Elmo sabe que harán camada pronto, pero ahora pasan días cazando, controlando y supervisando el territorio, y hablando por la noche, hablando mucho. Riela ha vivido sus tres años próxima a un poblado de humos de los humanos, donde hace mucho ruido, y controla muy bien las guaridas que tienen juntitas las unas a las otras. Les escucha, les entiende muy bien, tiene un sexto sentido para los humanos. Elmo conoce a los humanos por otro lado: se escapó de un zoo, siendo novato, en el momento de hacerse a la vida, y tuvo suerte al ser acogido por una zorra que perdió sus dos crías en una lazada en el bosque húmedo.

- No puedo dormir, Elmo, estoy tan agotada que de pronto no puedo dormir.
- Ven aquí, a la pedrera, está fresca y cómoda.
- Haz un hueco, salvajito, te voy a dar la noche, tengo ganas de hablar...
- ¡La montaña me acoja y me guarde! Vale, vale, adelante...
- Es que es todo, hoy he tenido de todo: he corrido como una poseída, cruzando las carreteras, es más de lo mismo, son ellos, los humanos, no hay quien les mire sin volverse loco. Van todos, pero todos, créeme, como si en todos los lugares en que están ¡estuviese comenzando el fin del Mundo a la vez! No les lograré entender.
- Ya... no es nuevo.
- Y si oyes los chillos, los enfados, como castigan a sus pequeñuelos, por cualquier tontería... yo entiendo que a los peques les enseñes a no molestar o lo que hace daño, pero... ¿todos están así igual y siempre? Algo le pasa a esta especie Elmo, que sí, te lo digo yo, mira: nosotros morimos en una carretera, por enfermedad, en un lazo... ¡de cualquier modo! y no hacemos eso.
- Sabes que están todos chalados con su metal, sus velocidades, sus guaridas herméticas, y con el papel que les obsesiona.
- Y tanto, fíjate: una de las guaridas la conozco muy bien desde el año pasado, y en todo el día, les veo entrar y salir, a los adultos y los pequeños, siempre separados, corriendo, no les oigo hablar entre ellos, y sí están con un trasto incomestible en la oreja, pegado siempre, haciendo ruido, y ellos gesticulando al vacío. Un año y siempre igual... miento, un día hablaron algo a la puerta de la guarida, y acabaron peleándose.
- Si ves las caras que tienen cuando van por las rutas negras en esos trastos de metal, lanzados, siempre tensos, como cuando discuto yo con algún otro por el territorio.
- Tú, Elmo, ¿no piensas que en realidad no pueden escuchar bien ya, ni mirar, ni estar tranquilos? ¿Tu cabecita de zorro iría bien a ese ritmo de vida? Tú sabes que no. Están rodeados toda su vida de unos ruidos, metales, vivindo entre las paredes eses grises, corriendo locos, ¡no me extraña que no nos vean! ¡No ven nada!
- Ya lo sabemos todos, eso se comenta al parecer entre las anátidas, y los que más lo dicen son los gorriones y las arañas, que les ven permanentemente y les sufren. Hace años que mi padre ya lo decía que están desquiciados.
- Pero, cuando ando al atardecer o al amanecer, y les veo, me entra angustia al pensar que nos arrastran con su sinsentido.
- Riela, no te entristezcas más, es suficiente, no por ello vas a conseguir nada. Apoya la cabeza aquí y deja que te rasque.
- Ay... Ay.... sabes, me han contado que en África, los papiones que han conseguido extenderse mucho aprovechándose de los cambios que hizo el hombre, también empiezan a padecer algunas locuras de ellos: unos se excitan sobremanera o se quedan paralizados y aislados del resto, otros no controlan bien a su alrededor y ven lo que no vemos nadie. ¿Ves, el exceso no lleva a nada bueno en ningún paraíso?
- Mi madre en el zoo me decía que era una tontería hacer como los humanos: toda la vida están haciendo una guarida que no les da nada, pero desde el principio, cuando se encuentran como nosotros, dejan de fijarse en lo importante, y no se tratan como nosotros.
- ¡Pero si no hay uno que viva descansado!
- Tú y yo, nosotros sí, señorita.
- Señorita, pero seguro dentro de unos días seré señora, señora de Elmo.
- Duerme Elma, duerme, que tendremos que cuidar en unos meses la familia. Y tenemos que estar fuertes.
- Bien, muchacho guapo, déjame que meta el hocico ahí, hmmm..... así.
- Descansa, que sale el Sol y es hora de recogerse. Buenas noches.

© lajoyadelnilo, 2008


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