17 mar. 2008

Abyú, el músico avanzado (44 cuentos)


Abyú, el músico avanzado.


fot. Bob Hixon


La medianoche de un 19 de diciembre de 1889 pasa.

Un día más, el último, Grenga lo sabe. Su alumno aventajado lo fue desde el primer día que se acercó dando brincos por la callejuela, alcanzando la puerta de su casa, la última de Franzstrasse, el número 99. En Viena, Grenga no era la mejor profesora de música del Imperio, ni la que más alumnos recibiese, pero los pocos asiduos acababan bien su estudio, y le recordaban siempre. Solo algunos pocos recibían esas clases de “excepción”. El violín es sutil y poco amante de los secretos, todo tiene que decirlo, nada esconde, y menos en las manos de un buen alumno.

Abyú, huérfano llegado en un carromato de circo a Viena en el invierno de 1885, se encontró en una panadería tres calles más abajo de la escuela de Grenga Kohl. Grenga pagó el pan robado, se rió de él, le dio un empujón en el hombro y se hizo con su corazón infantil antes de haber salido de la taberna. Reconoció fácilmente los ojos audaces de un poderoso. Y esas manos, esas manos empezarían pronto a ser educadas.

Enero de 1887, y Abyú, negro como buen indí rajastaní, había engordado 12 kilos, su estatura aumentó hasta pegar con la cabeza en el candil de la entrada del 99 de Franzstrasse. Sus 14 años llevaban a buen camino las horas de música, armonía, solfeo, barroco y romanticismo de la furia educadora amorosa de Grenga. Sus brazos eran fuertes con la cuerda, y sus pies todavía no tenían permitido el estar desnudos cuando acunaba el violín en su hombro, vibrando entonces como cualquier otro músico. Grenga le advirtió de ello: solo al final de su enseñanza podría tocar desnudando sus pies, teniendo cuidado de echar arena en el suelo para suavizar la fuerza del sonido que enviaría así tan lejos como quisiese.

La nochebuena de 1888, Grenga le retiró el violín a Abyú, indicando con un dedo su dormitorio, debajo de la cama. En el baúl se hallaba la caja de un violín, era ya de Abyú: fue construido el día de su nacimiento, el 23 de Diciembre de 1873. Fuera de su caja, a la luz de aceite, el brillo de la madera, y el sonido de las cuerdas al mover el violín en el aire, generaban un poco de luz que aclaró la habitación. Grenga debía trabajar este último año mucho, para que fuese el último de Abyú, y el primero de un gran músico.

Abyú aprendió a esparcir arena para frenar la fuerza de su sonido, sin que al trasladarse este por el suelo rompiese cristaleras y conducciones de agua; tuvo cuidado de manejar sus plantas realizando la misma fuerza con uno y otro pié, inclinándose a izquierda o derecha; logró olvidar todo exceso, toda malicia, todo vicio de cada escala, trémolo, siempre sin tapar su sonrisa negra y blanca. Sus ojos brillaban excepcionalmente desde entonces.

Pero llegó el día. Grenga entregó 2500 monedas a Abyú, cenó con él de nuevo sopa vegetal y pollo templado, le vistió con un pantalón medio, unas botas de franela y cuero acordonadas, un cincho ancho verde oscuro, una camisa naranja suave, y una mochila pequeña, en la que iba guarecida la caja de violín. Una capa corta abotonada terminaba el atuendo. En una hoja dura doblada le escribió las direcciones de varios maestros de partituras en París, Roma, Praga, Turquía, New Delhi y Constantinopla.

Grenga posó un largo beso en la frente de Abyú, después en cada uno de sus pómulos, le abrazó, y le dejó partir. Grenga durmió un minuto esa noche.

El día siguiente, 20 de Diciembre de 1889 , a medianoche, Abyú tocaba el violín, por primera vez desnudos los pies, en Hossegor, Francia, en la cuadra trasera de una posada de camino hacia el norte de Africa. El suelo vibró con él.

A esa hora, dos amantes se encontraron por primera vez desde su boda, en la juventud. Dormían en la playa de Rass el Barr.
A esa hora, Hans Schultze, su hijo y su mujer, navegando en el velero de 15 metros, bordeando el cabo que escondía Johannesburgo, comenzaron a atravesar firmes la tormenta que les había atenazado.
A esa hora, Evelyne Stafford cayó en la cuenta de que estaba perdidamente enamorada del hombre que le había cortejado en silencio durante dos años, el periodista del Chicago Tribune Mike Fernández.
A esa hora, Mita Amisha Nusa supo que años más tarde un hombre entregaría su corazón a su ahijada descendiente, Amisha Nusa.
A esa hora, esa noche, miles de pájaros bajaban a descansar en medio de la tormenta, en un oasis de Egipto.
A esa hora, las arenas de todo el Mundo, vibraban.

© lajoyadelnilo, 2008

2 comentarios:

Magia dijo...

Me he leído alguno más y a pesar de que el de Abyú me ha parecido muy dulce mi favorito sigue siendo el de Nusa

sallopilig ref dijo...

cada cuento tuvo su momento de inspiración. Y no siempre se está igual. Al menos el último tiempo. Pero espero que te guste alguno de los que voy a colocar.